En la foto, niños israelíes escriben mensajes en los proyectiles que se dispararán sobre territorio libanés, proyectiles que posiblemente maten a otros niños como ellos. El odio que transmitan esos mensajes no puede ser el suyo, aún no tienen capacidad para sentirlo con tanta virulencia. Es un odio aprendido, en el que son educados por adultos que, por inconsciencia o insano interés, entienden el odio y la violencia como el mejor camino para la consecución de sus fines.
Es la cara más perversa de la guerra, el adoctrinamiento de los niños en la idea de que la verdad absoluta está sólo de un lado, de que el otro es el enemigo cruel y su muerte algo necesario e incluso justo, de que la venganza es un recurso legítimo. Los conflictos que pudieran ser puntuales se convierten así en cruzadas sin fin, en una concatenación de guerras que se van librando generación tras generación sin que se vislumbre la esperanza de un final para tanto horror. Porque el objetivo ya no es dirimir una disputa ocasional, sino reducir al otro, doblegarle, acabar con él. Porque el otro es "el malo".
Es fácil convencer a un niño en términos de "buenos y malos", sin más matizaciones. Pero es precisamente esto, la capacidad para apreciar los matices, lo que permitirá al niño, cuando sea un adulto, llegar a sus propias conclusiones sobre cualquier asunto. Sin esa capacidad jamás podrá ser libre. Y vivirá, posiblemente aún sin saberlo, esclavo de unos presupuestos erróneos, condicionado por la medias verdades y mentiras que le cuenten aquelllos mismos que le educaron en el odio más irracional.
Esos mismos que, en cualquiera de los bandos enfrentados, no dudan a la hora de matar a un niño inocente con tal de salirse con la suya.
¿No puede nadie quitar a los niños de las manos de esos salvajes?