Nunca me acostumbraré a eso, que debemos escuchar tan a menudo, de que "es que esto es así". Normalmente, lo que esa conformista expresión viene a decir es que eso, lo que "es así", está mal, que debiera ser de otra manera. Pero a nadie o a casi nadie, ya sea conservador o progresista, tradicionalista o posmoderno, rico o pobre, listo o tonto, se le ocurre decir que no, que eso no es asi, que hay que cambiarlo, que por ahí no pasa. No, no lo decimos.
El porqué es bien sencillo. A menudo, el tragar con lo que no es como debiera ser supone sólo un peaje obligado en algo que va a reportarnos un beneficio, sea éste del origen que sea. Y ante esto no hay ideologías ni principios que valgan, por más que andemos proclamando siempre a los cuatro vientos la solidez de nuestras creencias y la nobleza de nuestros empeños. Si para sacar una tajada del puchero hemos de quemarnos los dedos por necesidad, antes abrasárnoslos que quedarnos sin comer. Esta es la máxima.
Lo curioso, lo más curioso, es que después criticamos lo que aceptamos como bueno sin rechistar aún a sabiendas de que es malo, como si el reconocimiento de esa maldad, implícito en nuestra crítica, nos restara culpa. Decimos que las cosas son asi con expresión fatalista, como si no tuvieran remedio y el tener que sufrirlas fuera una especie de destino providencial que nos viniera impuesto desde un poder abstracto e indefinido, una suerte de divinidad laica a cuyo capricho hubiéramos de abandonarnos.
Pues no, las cosas "no" son así. No siempre, al menos. Y cuando no lo son hay que cambiarlas, aunque en ello nos juguemos nuestro beneficio. Si no, mejor sería que en lugar de urnas y debates, críticas y manifestaciones, nos dedicáramos a encender velas rogando a ese indeterminado dios laico que todo parece proveer y tan acobardados nos mantiene.
¿O acaso será todo, tan sólo, pura hipocresía?