Nosotros, los torturadores
En un sistema democrático, el papel de los ciudadanos no es el de simples votantes cuya función termina cuando abandonan el colegio electoral tras cada plebiscito. Lo que de sus votaciones se derive es también su responsabilidad, algo que sucederá única y exclusivamente porque ellos, los ciudadanos, así lo decidieron.
No cabe pues esa costumbre, tan habitual por este rincón del mundo como hipócrita, de criticar a los políticos y gobernantes cuando no cumplen sus promesas o actúan de manera incorrecta como si fueran entes autónomos surgidos de la nada. Si es verdad que están ahí para servir a la ciudadanía que los eligió, y lo es, debe ser ésta la que vigile el buen cumplimiento de las funciones que les han sido atribuidas y les demande las explicaciones pertinentes cuando eso no sea así.
No sucede exactamente así en nuestros democráticos sistemas, en los que al ciudadano se le ofrecen unas cuantas vías de desfogue -huelgas, manifestaciones, etc.- que raramente cambian nada de manera profunda ni apean de su lugar al mal gobernante, a no ser que adquieran una virulencia que las acerque más a la revolución, al levantamiento, que a la pacífica protesta organizada. Y a menudo ni por esas.
Pero con eso nos contentamos. Somos democrátas, y además civilizados, y nos vanagloriamos de eso como si fuera el no va más, la cima de la perfección humana. Y cuando las acciones de nuestros políticos y gobernantes rozan lo demencial, aún nos aferramos a sus rocambolescas excusas o les maldecimos como si fueran seres extraños a nosotros. En cualquier caso, a nosotros que no nos pregunten, que nada tenemos que ver en los desaguisados.
Se nos olvida, en esas ocasiones, que nosotros los elegimos. Que lo que hacen es consecuencia directa de nuestras decisiones. Que es, también, nuestra responsabilidad.
We are the Torturers: The Global Erosion of Human Rights, un artículo en el Magazine de Adbusters, termina recordándonos esa responsabilidad:
"A basic tenant of criminal law –reaffirmed in the Torture Convention– holds that those who aid or abet a crime are criminals themselves. Our behavior also has a negative impact on the way we are perceived, and how we perceive ourselves. In an important sense, if our democratic governments have been complicit in torture, we –as citizens and voters– are torturers too."
Las leyes que preservan el respeto a los derechos humanos se están relajando generalizadamente en nuestro entorno occidental, en muchos lugares con el beneplácito de buena parte de la ciudadanía, seducida por los interesados argumentos, falsos en muchos casos, de una clase política a la deriva o con un rumbo impuesto desde intereses muy particulares.
Nada en nuestro original sistema de valores democráticos avala la práctica de la tortura. Pero aún así -nosotros, democrátas de pro- la estamos consintiendo explícitamente, sin mucha protesta. Y en ciertos casos, hasta justificándola.
Quizá es que no seamos todo lo democrátas que pretendemos. Lo que sí somos, con nuestro silencio, es cómplices de los torturadores.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.

Gervais dijo
Stralunato: cuántas mentes preclaras como la tuya son necesarias en este inicio del siglo 21 (así, con números árabes, a la porra los romanos) .
Releo lo que dices: "Se nos olvida, en esas ocasiones, que nosotros los elegimos. Que lo que hacen es consecuencia directa de nuestras decisiones. Que es, también, nuestra responsabilidad.".
Como soy un voyeur y un alcahuete a veces escucho en los bares las conversaciones de la barra (por otra parte, son "públicas" ya que hablan a voces): futbol, futbol, futbol, o quizá politiqueo, pero entendido como una mera liga de partidos, sin ideologia ni proyecto social inmersos en este Pensamiento Unico... Otras veces escucho en foros algo más elitistas y "selectos": dinero, arte entendido como dinero, paisajes entendidos como dinero, vida entendida como dinero... y futbol, futbol y futbol, entendido como dinero...
Stralunato y cía. blogosférica: carpe diem!
Saludos :)
17 Abril 2006 | 10:14 PM