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La Coctelera

stralunato

lo que no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario

11 Abril 2006

¿Ira? No, gracias

No hace mucho dejaba Pat en su Motivando -en el que no escribe tan a menudo como a algunos nos gustaría- una pequeña historia, de ésas con moraleja, en la que un profesor hace oídos sordos a los insultos de un alumno. Cuando éste le insulta, le explica el profesor, le está ofreciendo rabia y desprecio, un regalo que el hombre prefiere no aceptar. No necesita eso.
Como toda historia con moraleja plantea una situación ideal, algo irreal, la del hombre decidiendo libremente entre conservar su serenidad o responder con su ira a la rabia que el otro le lanza. En la vida real, no siempre encontramos el tiempo para reflexionar acerca de cual sería la respuesta más sabia o más prudente cuando nos sentimos atacados. Y defendernos, lo que según la historia supondría aceptar esa ira que nos regalan, suele ser la opción primaria. La opción más humana.
Pero hay una variante que la historia no contempla. Esos casos en que la ira se lanza con una segunda intención, oculta tras el insulto, la afrenta, la descalificación. Los casos en que la ofensa sólo es apariencia y lo que realmente se busca es la provocación. Cuando se regala ira para que el otro la acepte, para que devuelva también ira.
Desgraciadamente, esto es muy común. Forma parte de las estrategias de políticos o deportistas, por poner sólo dos ejemplos evidentes. Y lo aceptamos ya como algo normal, lícito incluso, llegando al aberrante límite de apaludir al provocador si goza de nuestras simpatías y consigue el objetivo de sacar de sus casillas a quien insulte.
Por eso, por esa falta de buen juicio que padecemos ya de forma crónica, podemos llegar a ponernos del lado del embustero declarado que aún se atreve a acusar a otro de mentiroso, del chismoso profesional que de casi todos tiene algo que descubrirnos o del incompetente probado que se apresura a difundir la incompetencia de quien le sucede.
Si nos paráramos a pensar un poco, comprenderíamos que quien utiliza esa estrategia de la provocación para buscar la ira del otro, para que éste se descalifique a sí mismo, no lo haría si tuviera razones que apoyaran sus argumentos. Es precisamente esa falta de razones la que le deja la provocación como única salida, como estrategia desesperada para conseguir por las malas lo que por las buenas sabe que nunca lograría.
Caer en la trampa de su provocación, de su estrategia engañabobos, no es por tanto lo más inteligente. Como tampoco lo es mucho ponerse de su lado, defender sus artimañas, a no ser que se sea cómplice de ellas. De no ser éste el caso, lo mejor es desconfíar por sistema de quienes sólo ofrecen ira.
Y si acaso nos la ofrecen directamente basta con decir, como el profesor de la historia, "no, gracias".

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