¿Quién entiende a mi gato?
No, no es el de la foto. A ése ni siquiera lo conozco. El mío, al que me refiero aquí, pues no es el único que se sube con frecuencia al poyo de la ventana que da al patio con la evidente intención de recordarme que los gatos también comen, ronda el año de vida y responde al nombre de Dégradé por los tonos de su pelaje.
"Patito guapo" entre sus hermanos, de aspecto más común, es también de entre ellos el único que, junto a su madre, permanece ultimamente por aquí. Los hermanos, como tantos otros gatos que he tenido, que lo mismo han llegado a ser trece en alguna ocasión que tan sólo dos como ahora, se fueron no hace mucho para no volver. Espero que hayan encontrado feliz acomodo en otro sitio y la razón de su ausencia no sea otra.
La verdad, mi fiel y cariñosa gata Popeye (que nadie me pregunte por qué una gata se llama Popeye) debe estar entre las más promiscuas del lugar y no sale de una cuando ya está en otra, así que gatos nunca faltan y el que de vez en cuando alguno se marche y no regrese es casi más un alivio que un pesar, para qué vamos a engañarnos.
El caso de Dégradé es diferente, y cuando la semana pasada desapareció durante varios días me disgustaba pensar que no pudiera regresar. Aunque gato, ha salido en lo cariñoso a la madre, y cuando salgo al patio a darles su comida se me acerca y se deja acariciar gustoso. Por eso me llevé una alegría cuando hace unas cuantas mañanas le volví a ver subido en el poyo de la ventana intentando otear el interior de la casa en busca de quien le alimentara.
La sorpresa fue que al salir a darle de comer evitaba acercarse a mí, guardando una distancia prudencial, y si era yo el que intentaba acercarme huía de mí, sin dejar de mantener esa distancia entre los dos. Pensé que no era la primera vez que pasaba eso con alguno de mis gatos, que no era tan raro que su carácter hubiera sufrido una transformación en esos días de ausencia. Y, aunque no me hacía feliz la idea, me resigné a aceptar que ya jamás volvería a acariciarle. Al fin y al cabo, mis gatos viven libres en el patio, yendo y viniendo aquí y allá cuando quieren, y no puedo pedirles que se comporten dócilmente, como un gato casero y comodón.
Pero si relativa fue la sorpresa de ese cambio de actitud, grande fue la que me llevé ayer cuando, una vez más al salir con la bolsa de su comida en las manos, Dégradé vino hacia mí para situarse junto a mis piernas y se dejo tocar y acariciar como si esos días de desapego y recelo hubieran sido un espejismo. Y como ayer, hoy.
¿Quién entiende a este gato?
Porque yo pensaba que eso de cambiar de actitudes y afectos sin mucho trajín era sólo cosa de humanos.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.

jasoninternauta dijo
Los animales también tienen sus días. Aunque no podemos comunicarnos con ellos, tienen su propio mundo interior.
Lo que debe ser una gozada, es vivir con ellos.
Un saludo.
30 Marzo 2006 | 02:24 AM