De un tiempo a esta parte, sin premeditación ni alevosía, me voy acercando lenta pero inexorablemente a Chile. O quizá más bien debiera decir que Chile, y en concreto algunos chilenos, se van acercando a mí. Tanto monta si el resultado es ir conociendo a gente con muchas ganas de echarle a la vida eso, muchas ganas. Gente de la que aprender cosas tan elementales como fundamentales.
Quizá el vínculo más fuerte sea Daniel, con quien comparto algún proyecto y una incipiente amistad que espero se consolide y vaya creciendo. Pero tampoco olvido a Marcelo, con quien últimamente me comunico poco aunque le sigo teniendo presente. Ni a Arturo Durán, que enlaza este blog en el suyo y algún comentario ha dejado por aquí. O a Rolando Gabrielli, un chileno en Panamá, que se ha tomado la molestia de escribirme un mail de saludo y felicitación por el blog de La Cueva (¡cómo no van a gustarme los chilenos!).
Alguien más habrá, sin duda, que ahora olvido mencionar. Y también hay de quien no puedo dar referencias por desconocer su identidad, pero que tuvo la gentileza hace ya un tiempo de invitarme a participar en ese lugar de encuentro de chilenos afincados por todo el mundo que es el grupo Yahoo Diáspora Chilena. Un interesante foro de opinión y debate de incensante actividad, ejemplo propicio de esa singular energía vital que voy descubriendo felizmente en los chilenos.
Y es que un país en el que se organizan cosas como Atina Chile o se liberan libros con el beneplácito gubernamental ha de estar poblado, necesariamente, por gentes con ganas de vivir y construir futuro.
Que para eso es la vida, para vivirla con plenitud, alegría y esperanza. Y no para malgastarla en mezquindades como hacemos por aquí tan a menudo últimamente. Que se nos ve el plumero fácilmente.