Despedida por hacer uso de su libertad
De su libertad de expresión, claro.
Inga Chernyak es una joven universitaria y actual presidenta del capítulo neoyorquino de Free Culture, actividades que combinaba con su empleo en un bufete de abogados de mediana envergadura hasta que el pasado 26 de enero le comunicaron su despido.
Solicitadas por Inga las razones de tal despido, le fue mostrado el artículo que días antes había publicado The Village Voice, titulado Code Warriors, en el que Inga y Fred Benenson (cofundador de la sección de Free Culture en Nueva York, con ella en la foto) exponían como representantes de ese movimiento por la cultura libre su parecer acerca de las leyes de copyright o el uso de dispositivos DRM.
Sus puntos de vista, dijeron a Inga, eran incompatibles con la actividad del bufete. O, dicho de otra forma, no podían tenerla contratada por sus opiniones contrarias al copyright.
Hay quien opina que está ese despacho de abogados en su derecho de despedir a alguien cuyas opiniones personales pueden resultar contrarias a la filosofía y modelo de negocio de los clientes del bufete. Algo discutible, a efectos prácticos, si como en este caso esas opiniones no habían supuesto mayor problema para el desarrollo de sus funciones laborales hasta que fueron hechas públicas y, con ellas, lo fue también la condición de Inga como activista destacada en la defensa de la cultura libre.
Resulta contradictorio que en un país donde, cobijado bajo el paraguas protector de la libertad de expresión que defiende la Primera Enmienda a la Constitución, puede el racista progenitor de las gemelas Gaede registrar oficialmente la esvástica nazi como divisa de su ganado o disfrutar libremente de un concierto en el que sus hijas entonan vítores gloriosos a un antiguo gerifalte nazi o himnos de hermanamiento con sus queridos compañeros del Ku Klux Klan, no se pueda declarar libremente que se está en desacuerdo con el sistema de protección de la propiedad intelectual o las prácticas de una industria determinada sin correr el riesgo de perder por ello el puesto de trabajo.
No es el caso de Inga un hecho excepcional. Ni EE.UU. el único país donde suceden estas cosas, que no está la vieja Europa libre de pecado en eso de que los derechos de los ciudadanos sean pisoteados en favor del capricho de tal o cual industria. Algo falla en nuestro sistema de libertades si no todos los ciudadanos pueden disfrutarlas por igual.
Sólo espero que algún día los grandes medios de comunicación hagan un hueco en algún rincón perdido de una página interior de sus diarios para dar fe de estos otros ataques a esa libertad de expresión de la que ahora se muestran tan convencidos defensores. Porque, por el momento, no parece importarles mucho esta cuestión.
Menos mal que nos queda, como siempre, la blogosfera.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.

Cesar dijo
La sociedad yankee esta llena de contradicciones,por eso me parecetan interesante.
Es un pais de enormes contrastes que me apasiona.
Sobre la chica esta, pues que quiere que le diga,es una putada,pero es como si un defensor de la devolucion esa se pusiera a trabajar para la SGAE.
Le recomendaria un cambio de aires hacia un puesto de trabajo menos contradictorio con sus ideas.
5 Febrero 2006 | 11:55 PM