De un tiempo a esta parte, cada vez que la libertad de expresión se esgrime como principal valedora de cualquier proceder podemos echarnos a temblar sin riesgo de que nuestros temores sean infundados o desproporcionados. En su nombre se insulta con descaro y desparpajo, se comprometen las relaciones entre países, se defienden abiertamente totalitarismos que exigen el exterminio racial o se promueven campañas pro referendum que lo que buscan, precisamente, es acallar la voz de los demócratas, ya expresada a través de sus representantes en un parlamento.
Aún así, sigue siendo intocable, incuestionable. La defendemos con la misma cerrazón con que se defiende un principio religioso proclamado inalterable. Es uno de nuestros dogmas sagrados, fundamento de esa fe (que no todos los credos necesitan para serlo deidades de esencia espiritual) cuya manifestación visible llamamos democracia y de la que, aun sin querer reconocerlo, somos devotos fieles y acríticos.
No hay más razón en quienes decidieran publicar esas caricaturas de Mahoma que en aquellos que para responder a la ofensa piensan en echar mano a su fusil. Ni hay libertad, principio ni derecho que legitimen la ofensa consciente y gratuita. Quizá de tanto revestirnos de grandeza, la de nuestros supuestos valores democráticos, estemos olvidando lo esencial, dónde empieza y termina nuestra libertad, la de cada uno de nosotros como individuos, y que ésta no existe sin el respeto al otro.
La libertad irresponsable no es tal libertad, sino sólo una excusa para la barbarie, un salvoconducto para que el odio y la infamia se expresen sin tapujos, cobijados por nuestro temor a llamarlos por su nombre e identificarlos como tales. Pero no aprenderemos, y por miedo a que digan que no somos lo que tanto nos preocupa aparentar, seguiremos dejando que la libertad, la verdadera, siga siendo pisoteada por esa caricatura de libertad con que lo justificamos casi todo.
Si esa libertad de expresión que tantas bocas llena es aquella que arropa a quien ofende a los otros sin causa ni sentido, no puede ser la mía. La libertad de expresión en la que yo creo, en la que siempre he creído, sirve para crear convivencia, no para destruirla, para que cada cual sea libre de ser él mismo sin negar la existencia ni el derecho a ser del otro.
No puedo evitar pensar en lo graciosas que deben haber parecido las caricaturas de Mahoma a esos que últimamente se dedican a difamar impunemente a nuestro amigo Mokhtar Atitar de la Fuente.
Que duerman tranquilos. Nuestra sacrosanta libertad de expresión protege su odio y su vileza.