Se acabó ya el tiempo de los viejos saludos y consignas. La modernidad, que no el progreso, tiene esas cosas. Todo lo anterior es detestable y en lo nuevo está la salvación. Y lo nuevo, claro, trae nuevas formas, nuevos usos. Adoptarlos nos hace sentirnos jóvenes, briosos, integrados. Estamos al día. Vivimos con los tiempos.
Poco importan las lecciones que la historia nos regala. Los errores anteriores los cometieron otros. Nosotros somos más listos, estamos mejor preparados, tenemos mejor criterio. Y, cómo no, nos sobra la valentía, el empuje necesario para acometer empresas necesarias, de gran trascendencia. Para realizar esos cambios que den fe de nuestra modernidad, que dejen huella de nuestro paso por este mundo.
Pero tenemos un problema. Somos seres religiosos, nos guste o no, y si nos apartamos de la creencia en los dioses necesitamos nuevos credos que canalicen esa esencia espiritual, esa capacidad de tener fe. Por eso revestimos nuestros cambios de gravedad y los proclamamos grandilocuentemente. No pueden ser sólo simples cambios, correcciones lógicas, cotidianas, producto de una evolución callada y constante. Han de ser revoluciones. O al menos parecerlo. Sólo así será evidente que hemos hecho algo grande. Que hemos traído la modernidad.
Y ahora la modernidad marca, de nuevo, nuevos usos. Que no nos harán más felices, ni siquiera más sanos. Pero seremos más modernos.
Y tendremos que cambiar de saludos y consignas. Ya no vale aquel "nos vemos en los bares". A partir de ahora, algunos, tendremos que vernos en el gueto.
Toma un Ducados, Gervais, que esto es cuestión de paciencia.