Leyendo el “aviso a los lectores” en un post de JAMS no puedo evitar recordar que cuando comencé a editar esta bitácora ya adelanté mi intención de escribir algún día, con cierto detenimiento, sobre los “antis”, los “y tú mas”, los “¿y tú qué?” y demás subespecies englobables dentro de una categoría humana cada vez más poblada, la de quienes emprenden la huida hacia adelante con estrépito al menor atisbo de pérdida de su posición, que siempre ansían prominente. En román paladino, todos aquellos que ante una crítica desfavorable o un error de imposible ocultación no esgrimen más defensa que el empecinamiento en sus posturas y la descalificación del crítico o el adversario, como si el urgar en el mal ajeno, patente o latente (o acaso hasta inventado), fuera bálsamo de Fierabrás para los propios.
Dice el refrán que es de necios tal actitud, la de encontrar consuelo en el mal de los otros. No es conclusión arriesgada. La necedad puede implicar ignorancia, pero también imprudencia o porfía. Abarca, pues, un extenso sector de las cualidades menos apreciables de la conducta humana. Y todos, en mayor o menor medida, lo admitamos o no, nos hemos comportado neciamente en alguna ocasión. Y a menudo a causa de nuestro natural subjetivo, ése que JAMS confiesa en sí mismo y define, acertadamente, como humano.
Pero, volviendo al refrán, no puede servir esta común necedad ocasional, la que puede provenir de la ignorancia o la imprudencia pasajeras, para disculpar esa otra, perversa en sus intenciones, que surge de la terquedad en quedar siempre por encima del otro a toda costa, sin reparar en medios ni consecuencias. O reparando, en su peor expresión, cuando se busca intencionadamente el daño ajeno.
Es ésta última la necedad de los que calumnian sabiendo que algo quedará o agitan las aguas del río intuyéndose pescadores beneficiados. Es la necedad del porfiador, del intrigante. Una necedad inteligente. Sabe bien que otras necedades se encadenarán a ella: la del imprudente, siempre dispuesto a medrar; la del ignorante, siempre deslumbrado por luces que no son las suyas.
No es díficil reconocer esta necedad. El gran necio porfiador dirá siempre lo que el necio ignorante quiere escuchar, empleará argumentos que éste comprenda, usará, si es necesario, su mismo vocabulario. A ojos del ignorante, será el porfiador un tipo valiente, que llama a las cosas por su nombre, que dice sin miedo la verdad. Es el gran milagro obrado por la cadena de necedades. La mentira o media verdad inicial se transforma en verdad universal e indiscutible.
El gran necio ha triunfado, ha logrado su primer objetivo.
Pero no suele conformarse con esto, con conseguir que su patraña alcance difusión y defensores puntuales a ultranza. Detrás de sus intrigas suelen dormitar expectativas de poder. Y el poder, para serlo realmente, requiere perdurabilidad, afianzamiento, exclusividad. El gran necio necesita crear una doctrina, dotar de principios a sus veleidades, reclutar una legión de fieles que las reciten y las difundan.
Y necesita enemigos contra los que lanzar su cruzada. Necesita de “los malos”...
1 comentario
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Soy quien soy, pero sólo a ratos.
Oye, que de esos acostumbran a usar el "mobbing" :P