Ciudadanos electores
Aunque rara vez encuentro quien esté de acuerdo conmigo, hace tiempo que mantengo que, fuera de la esfera de los sentimientos y a efectos prácticos, hoy por hoy uno es de donde paga impuestos, de donde está censado. Esto convertiría a un oriundo de Huelva que vive, trabaja, paga impuestos y vota en Madrid, Barcelona o Bilbao en madrileño, barcelonés o bilbaino, respectivamente. Y, consecuentemente, en madrileño de nuevo, catalán o vasco. A efectos prácticos, repito.
El que habitualmente encuentre peros ante esta visión de la ciudadanía tiene que ver con que a menudo confundimos la idea de procedencia, con sus implicaciones emocionales y culturales, con la de organización social. El nacido en Huelva se puede sentir el más andaluz de los andaluces, pero en una estadística sobre población sus datos no aparecerán en los resultados de Huelva, sino en los de la ciudad en que resida y esté censado.
Sin que exista ninguna necesidad de renunciar al sentimiento de pertenencia al lugar del que procedemos, debiéramos empezar a distinguir entre ambas cosas y no sentir temor a declararnos madrileños, barceloneses o bilbainos, aunque el acento andaluz delate que venimos de otro sitio. Con nuestro trabajo y nuestros impuestos colaboramos en el progreso de la ciudad en la que vivimos, no en el de aquella que nos vió nacer, y no hay razón objetiva que nos impida declararnos ciudadanos de ella.
Lo contrario, el "vivo aquí pero soy de otro sitio", sólo sirve para que la integración en el lugar de residencia nunca sea efectiva, completa. Siempre pareceremos, y hasta posiblemente nos consideremos así, extraños en el lugar en el que vivimos, agregados que llegaron por una necesidad puntual de la nueva comunidad y son aceptados sólo en función de un aporte también puntual, sin que se reconozca como debiera una realidad innegable: las Haciendas Públicas no hacen distingos entre contribuyentes de acuerdo con el lugar en que nacieron. Dos compañeros de trabajo con circunstancias vitales similares pagarán parecidos impuestos, pese a que uno sea nacido en el lugar donde se encuentra el centro de trabajo y el otro proceda de otras latitudes. Por tanto, aportan a la comunidad, en ese sentido, lo mismo. ¿Por qué uno ha de sentirse menos ciudadano que el otro?
He conocido una diversidad de respuestas a esta pregunta, entre las cuales una mayoría deja entrever el miedo a la contaminación, sea ésta cultural, religiosa o de otro tipo. Y también las hay directamente excluyentes, sin tapujos. Pero en ningún caso he encontrado un razonamiento convincente que me explique por qué la igualdad de obligaciones no debe generar, indefectiblemente, la igualdad de derechos.
Particularmente con relación al derecho al voto, tema tabú en muchos casos, que ni se plantea. Y es que el derecho a votar, a participar en las decisiones sobre los asuntos de la comunidad, conlleva la plena ciudadanía, el disfrute del resto de derechos ciudadanos. Quizá por eso somos en general tan condescendientes con quienes emplean a los inmigrantes sin un contrato legal. La legalidad implica derechos que no queremos conceder a la inmigración. Bien está que les dejemos vivir entre nosotros y hasta disfrutar de nuestras comodidades, pero permitirles también decidir sobre "nuestros asuntos" nos parece ya excesivo.
Quizá debiéramos empezar a empapelar las calles con carteles como el de la imagen que acompaña a este post, que anima a la comunidad arabo-estadounidense a votar en un proceso electoral neoyorquino:
"There are many local races in NYC, including the run for Mayor. It is important for Arab-Americans to organize a visible community presence on Election Day. Let’s organize a visible effort that lets political leaders know that Arab-Americans are serious about their civic participation and that their concerns need to be addressed."
Y es que estamos demasiado acostumbrados a hablar por los inmigrantes y decidir sobre sus vidas sin molestarnos en oír su voz y sus razones. Y ya va siendo hora de que nos callemos y empecemos a escuchar.
Y, por qué no, si se van a quedar entre nosotros, que sea en calidad de ciudadanos electores.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.

jclavijo dijo
De hecho la Constitución Española se modificó para permitir que los inmigrantes pudieran presentarse a alcaldes (derecho ACTIVO de voto) en unas elecciones municipales, como ha ocurrido en el caso de algún que otro alemán que presentó candidatura en las Islas Baleares o en la Costa el Sol.
Curiosamente, y en le caso español, suelen coincidir quienes propugnan la idea de inmigrantes como ciudadanos de segunda y quienes muestran, en paralelo, una actitud vehementemente cerril a cualquier modificación de nuestra Carta Magna.
9 Noviembre 2005 | 04:22 PM