La portada de Business Week se pregunta si es una práctica ética introducir el "product placement" en nuestros sueños. Algo así, quizá, como si en medio de las habitualmente caóticas tramas del soñar, cual si se tratara de capítulos de una exitosa serie de televisión, aparecieran oportunamente productos reconocidos, con las respectivas marcas bien visibles.
Evidentemente, la portada es falsa. Forma parte de un juego propuesto por Magazine Publishers of America, consistente en imaginar cómo podrían ser las portadas de las principales revistas estadounidenses allá por el 2105. Pero reproduce una idea que a menudo se baraja cuando se quieren representar el futuro, la del control sobre nuestras vidas, sobre nuestras mentes incluso, ejercido desde cualquier ámbito de poder, ya sea político, militar, empresarial, extraterrestre...
Esto, el empeño en imaginarnos sojuzgados, alienados, bastante común en la literatura, el comic o el cine que pretenden adelantarse en el tiempo y aventurar probables futuros, siempre me ha parecido preocupante. No hay saga galáctica que se precie, si es que quiere convertirse en fenómeno de masas, que no incluya guerras interplanetarias sin fin, razas alienígenas perversas, vengativas máquinas pensantes, dictadores sin rostro que todo lo ven o engendros monstruosos que se meriendan a los humanos como si fueran aceitunas sin hueso. Que no me digan que no es para deprimirse.
Por fortuna, tendemos a no creernos literalmente esos malos augurios, que sabemos ficción, y tan sólo, dentro de ésta, reconocemos si acaso algún detalle, habitualmente relativo a la tecnología, que nos pueda resultar visionario. Dicho de otra forma, humanizando el asunto, buscamos lo bueno, lo positivo, dentro del desolador panorama que se nos pinta. El instinto de supervivencia es así, optimista por definición. Pero este optimismo no desaconseja que nos mantengamos atentos, intentando anticiparnos a cualquier movimiento que desde los diversos poderes busque convertir en realidad esos escenarios futuros de control que ahora situamos en la ficción.
Internet, aún en pañales según dicen algunos, suele estar, hoy por hoy, en el centro de cualquier teoría acerca de ese posible control. Desde el empeño de los gobiernos en controlar las comunicaciones digitales hasta las luchas empresariales por monopolizar la atención de los usuarios de la Red, todo indica que en la tarta del poder no es la Web la porción menos apetecible. Por esa razón no es descabellado plantearse escenarios posibles dentro del ciberespacio y situarse en los menos deseados para diseñar una trayectoria hacia el futuro que nos evite visitarlos e instalarnos en ellos sin más remedio. Es una cuestión de prevención, de profilaxis, sin otro objetivo que evitar males mayores que más tarde quizá no tengan ya cura posible.
En este sentido, y como ejemplo perfectamente válido, habla Pere Quintana de la Web 2.0, un territorio digital en pleno despegue, tan útil y atrayente para la gran mayoría de usuarios como propicio y goloso para quien quiera ejercer ese control que aún imaginamos ficción. Los síntomas clínicos, salvo algunos rumores aventurados, no se advierten todavía, pero se dan las condiciones para el desarrollo de la enfermedad. Cada vez confíamos más información personal a Internet, almacenamos en la Red lo que antes estaba en nuestro disco duro, dejamos que extraños, por así decirlo, custodien nuestros documentos. Dependemos de ellos, de sus servidores, de sus voluntades. Y no hay nunguna razón objetiva que nos impida pensar que algún día quienes ahora parecen querer servirnos desinteresadamente puedan desear controlarnos. Tendrán las herramientas para hacerlo y se darán las condiciones necesarias, que nosotros mismos habremos propiciado.
Por supuesto, tampoco hay motivos para pensar que esto deba suceder así, ni mucho menos. Pero conocer la existencia de esa posibilidad, por remota que nos pueda parecer, nos ayudará a evitar que llegue a darse. En este caso concreto, como dice Pere, con el trabajo permanente de la comunidad libre, creando nuevas tecnologías que compitan con las propietarias y eviten que éstas últimas monopolicen la Web.
Este es sólo un ejemplo, que he tomado prestado de Pere, pero perspectivas tan posibles como poco deseables se pueden imaginar fácilmente sin riesgo de parecer agoreros fatalistas, y no sólo en relación con el ciberespacio, sino en muchos otros ámbitos sociales.
La pregunta, ante el planteamiento de cualquiera de esas situaciones hipotéticas, debe ser similar a la que da título a este post. La respuesta, invariablemente, debería ser que de la gente, de todos nosotros, de la Humanidad en su conjunto. A partir de aquí, un vez analizada la situación que tengamos delante, sólo queda un camino, también inevitable: trabajar.
¡Pues hala, a eso!
3 comentarios
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Soy quien soy, pero sólo a ratos.
Gracias por este post. Aclara muy bien la confusión del artículo David. Mi intención era, claramente, apuntar posibles peligros, pero sin ser fatalista.
Interesante plpanteamiento de lo9 que se nos puede avecinar en un
futuro próximo... Habrá que permanecer atentos a todo lo que se
cuece en la red, jacinto... Saludos desde Canarias...
...com/arxius/2005/10/25/la-nostra-xarxa-ja-no-es/">señalaba Pere Quintana, y yo me hacía eco, esta nueva Internet no deja de tener su peligro. No sólo las nuevas aplicaciones suelen ser propietarias...