Los otros muros
Hace unos meses, durante el pasado invierrno, mantuve en La Cueva una discusión con un amigo sobre un asunto en el que no logramos ponernos de acuerdo y sobre el que me consta que muchas personas están de su lado.
Este amigo es agricultor, y desde hace tiempo contrata inmigrantes para las faenas que ha de realizar en sus tierras. Y su queja, ese asunto en cuya visión no coincidíamos, se relacionaba con los trabajadores de fe musulmana y las pausas que durante el horario laboral debían tomar para realizar sus oraciones. No entendía mi amigo que tuvieran que parar para rezar y no pudieran esperar a hacerlo al terminar su trabajo, en su tiempo libre.
Yo intenté exolicárselo, pero enseguida comprendí que ya sabía lo que yo pudiera contarle. Lo que, por otra parte, me supuso un alivio, teniendo en cuenta que mi amigo ya había aparecido en la lista de un partido político, el PP en este caso, en las últimas elecciones municipales, y que quizá algún día pudiera terminar ocupando una concejalía. Nunca está de más que en una zona en la que el número de inmigrantes es creciente los respresentantes políticos conozcan algo de sus respectivas culturas.
El problema que tenía mi amigo, y que yo creo bastante extendido, es que confundía costumbres con leyes y concedía al refrán rango de norma jurídica. "Allá donde fueres, haz lo que vieres", dice ese refrán, y no es mal consejo. Pero es sólo eso, una recomendación, y no implica la obligación legal de hincharte a comer cucarachas crudas porque sea éste el plato favorito de los nativos del país que visitas. Y si es que quieren obligarte a comerlas, por ley, mejor es que viajes a otro sitio.
Lo curioso es que mi amigo me reconocía que estaba contento con esos inmigrantes como trabajadores, de hecho no era la primera vez que los contrataba. Y reconocía que recuperaban al final de la jornada, sin que hubiera que decírselo, el tiempo que durante ella empleaban en la oración. Y el tipo de labor, además, no se veía afectado por esas pausas, que no entorpecían el normal trabajar de los no musulmanes. Y de sueldo no hablamos, pero supongo que tampoco es que les pagara más que a un trabajador español.
No había pues, en apariencia, ningún problema, salvo ese detalle de que pretendieran conservar sus hábitos en tierra extraña. Gran pecado éste, por lo visto. Porque, según el razonamiento de mi amigo (y aquí sí que me preocupó la posibilidad de que llegue a ser concejal), si vienen a España tienen que hacer lo que hacemos los españoles. Y si no, que se queden en su país.
En resumidas cuentas, mi amigo sólo estaba imaginando un problema donde ninguno había. No al menos de índole práctica, en lo referente al trabajo, que es lo que debiera preocuparle. Y no quería entender que, mientras no se incumplan las leyes locales, no se puede obligar a nadie a comportarse según las costumbres del pueblo que visita. Diga lo que diga el refrán.
En realidad, lo que subyace debajo de este tipo de pensamientos no es mas que un afán de dejar bien clara la posición de cada cual:
Estás en mi casa y aquí mando yo, que además soy más que tú. Y me importan un pimiento tu cultura, tus costumbres o tus tradiciones porque aquí las únicas que valen son las mías. Si estás de acuerdo, bien. A trabajar sin rechistar las horas que yo diga y por el sueldo que a mí me de la gana. Y si no, ya sabes, vuélvete por donde has venido, que nadie te ha llamado.
Paradójicamente, muchos de los que piensan así, al menos de los que yo conozco, prefieren contratar a inmigrantes. Algún beneficio obtendrán. Pero criticarles convierte esa decisión puramente interesada, que busca ese beneficio, en poco menos que un acto de caridad. Es como decir que les contratan por ayudarles, a pesar de los conflictos que les generan. ¡Menudo rostro!
No es el caso de mi amigo, que aquel día y a aquellas horas ya debía tener a la mujer mosqueada en casa y unos cuantos cubatas trasegados. Y que además es de esos a los que se les va la fuerza por la boca y el corazón les lleva más que la cabeza. Que es buena gente, vamos. Pero aunque sé que se comporta correctamente con los inmigrantes que contrata, también sé que ese asunto de las costumbres lo decía convencido. Cree sinceramente que las cosas deberían ser así.
Y hay muchos como él. Mucha gente que inocentemente, por ignorancia o falta de reflexión, sigue levantado a diario esos otros muros que impiden la pacífica convivencia con los que desde fuera vienen a vivir entre nosotros. Muros que habría que empezar a derribar cuanto antes. Muros en los que sólo el conocimiento del otro puede ir abriendo brechas.
De los que promueven la construcción de esos muros, difundiendo intencionadamente los mensajes que invitan a levantarlos, ni voy a hablar. Hoy estoy de buen humor. Pero los hay. Ellos son el verdadero problema, el auténtico peligro.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.

Gervais dijo
Tienes toda la razón, Stralunato. Y me gusta el apunte que haces porque es el más aclaratorio e iluminador: que quien más quejas presenta ante la diferencia es precisamente quien más se beneficia. Y en el código de refranes serías así: a río revuelto, ganancia de pescadores.
Te/os recomiendo un libro que hace una hora estaba en mis mános: "la inteligencia fracasada" de José A. Marina (cada cual que opine del autor lo que quiera, a mí me parece racionalmente emotivo y honesto, el hombre). LA inteligencia fracasa por el prejuicio, la superstición y el dogma. Y lo más demoledor: si la inteligencia se basa en el aprendizaje, el dogma impide completamente esto. Sólo hace falta ver como está el mundo.
Saludos antidogmáticos y librepens.
:)
2 Octubre 2005 | 04:08 PM