La benéfica globalización y nuestro corto entender
Los que nunca leeremos sesudos tratados de economía (que por otra parte, con toda seguridad, ni íbamos a entender) tenemos que conformarnos, si no somos muy dados a creernos porque sí todo lo que nos cuentan y aún a riesgo de poner en evidencia nuestra simpleza, con aplicar nuestra propia regla de tres, simple también, para ver si nos salen las cuentas, no sea que el tendero (que los tejemanejes de Manolito, el amigo de Mafalda, ya nos pusieron sobre aviso de pequeños) nos quiera engañar en el peso, en el precio o en la calidad. O quizá en todo a un mismo tiempo, que hay mercaderes tan insaciables como doctos en las refinadas artes del marketing "neosecular" ("palabro" éste, por cierto, que no aparece en nuestro diccionario, pero que queda muy moderno y aparente).
El caso es que esa regla simple, aplicada a la globalización, no nos da el mismo resultado que sus "evangelizadores" (otro "palabro" en este contexto, pero hoy es que estoy así de vanguardista) se esfuerzan en proponernos con notable paciencia y admirable afán didáctico, dada nuestra cortedad de entendimiento. Quizá a causa de estas pocas luces nuestras, donde ellos ven oportunidades de integración en los mercados internacionales nosotros vemos multinacionales "merendándose" empresas nacionales; donde ven creación de empleo vemos inseguridad, contratos abusivos, movilidad laboral indiscriminada, sueldos precarios, explotación inmisericorde...; donde ven prosperidad y progreso vemos culturas cercenadas, guerras estratégicamente diseñadas, datos retenidos, conocimiento secuestrado, software propietario impuesto, derechos de propiedad intelectual prolongados en el tiempo...
Pero en fin, ya se sabe, y por eso lo reconocemos públicamente, que nuestra visión acerca de estos asuntos no sólo es limitada sino también falta de fundamento. Posiblemente esa sea la causa de que tampoco la regla de tres simple nos sirva para conciliar la libertad individual con la libertad empresarial, de que no podamos ver como beneficioso para el hombre como individuo libre el que una multinacional cierre una factoría, dejando a miles de personas sin trabajo, para trasladarla a otro lugar donde los obreros cobrarán salarios de miseria o incluso trabajarán en régimen de explotación.
Nuestra idea, ahora parece que caduca y trasnochada, era que no hay libertad posible sin igualdad y justicia sociales, y que un hombre no puede ser libre si en su vida no queda espacio para la dignidad. Desde esta base tampoco nos salen las cuentas de la globalización. Hay demasiados seres humanos cuyas condiciones de vida son cualquier cosa menos dignas. Díficilmente podrán alcanzar la libertad en esas circunstancias. Y el que sus hijos trabajen doce horas diarias en lugar de ir a la escuela, fabricando zapatillas deportivas y hasta juguetes para los nuestros, no parece la mejor de las soluciones posibles. Siempre visto desde la simpleza de nuestra regla de tres, claro está.
Ya que así vemos las cosas, a nadie deberá extrañar que nos guste más la idea de la mundialización. Encaja más en nuestro reducido universo conceptual. No entendida esa idea, por supuesto, en cuanto sinónimo de globalización, como también es utilizada. Y tampoco, que nadie saque conclusiones precipitadas, otorgandole la categoría de antónimo batallador. Sencillamente, desde una perspectiva que explica a la perfección un párrafo extraído de un discurso de Gustavo Bueno (he de decir en este punto, para ser riguroso, que este párrafo no expresa conclusiones categóricas del profesor Bueno, cuyo discurso abarca un rango de ideas mucho más amplio):
"La mundialización es, según esto, un proceso literalmente opuesto al de la globalización. Y el único criterio de distinción relativa será este: el globo es cerrado en sí mismo, mientras que el mundo desborda toda globalización. Por ello, si la globalización se aplica a las categorías económicas, la mundialización desbordará estas categorías y acogerá a otras diferentes, de carácter social, político, religioso, cultural..."
Simplificando, que es lo nuestro, no podemos creer en las bondades de un proceso globalizador en el que el ser humano, como ser individual o como totalidad de individuos, cuenta tan poco. Por no decir que nada.
Somos así de sencillos. Y me temo que ya no tenemos remedio. Pero para no parecer intransigentes, prometemos que en cuanto nos desvelen sus planes para terminar con las injusticias y desigualdades que pueblan nuestro planeta y veamos que comienzan a llevarlos a cabo, nos sentaremos a escuchar sus teorías globalizadoras sin rechistar. Y hasta es posible, si lo creen conveniente y necesario, que nos pongamos a estudiar economía.
Aunque nos da que esto último tampoco les va a parecer muy buena idea.

No sé por qué, pero este post me ha salido en plural. Inconvenientes de llevar más de un blog, seguramente. Pero me he dado cuenta ya a medias y me daba perezar corregir lo escrito hasta ese momento. Así que confío en que algún alma perdida podrá identificarse con lo aquí expuesto. Asi, al menos, ya seremos dos, que en algunos casos hasta pueden ser multitud.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.

David dijo
Jacinto, mezclas churras con merinas, bro
Verás. la riqueza de un país, el nivel de vida posible en él, al final depende de la productividad. La productividad tiene dos facetas que van muy ligadas: capital humano y tecnología. Y son caras: para salir de pobre hay que importar bienes de capital y hay que invertir en escuelas e institutos.
El punto de partida en la pobreza está en producción agraria. La única forma de conseguir dinero para reinvertir (y cobrar impuestos con los que pagar escuelas públicas) es exportar.
Por eso toda la vida llevamos vindicando y reivindicando que los mercados de los países industriales y post industriales ¡¡también compren!! dejen de estar cerrados al tomate y la naranja magrebí, al vacuno argentino y brasileño, al arroz y el textil chino...
Es decir la primera clave para el desarrollo, la que le da condiciones de posibilidad es ¡¡¡más globalización!!!
No hay que confundir el imperialismo con la globalización, de hecho el imperialismo siempre ha defendido "sus" mercados y hoy su punta de lanza, la mal llamada "propiedad intelectual", no es sino un intento brutal de evitar la globalización y socialización del conocimiento en sectores claves para el desarrollo como el software, el farmaceútico, el del diseño industrial...
Y de hecho no hay nada más globalizador que el software libre...
Lo que falla en la globalización es que no globaliza y no globaliza porque a día de hoy es fundamentalmente asimétrica: sólo se globalizan los mercados y mercancías, las restricciones y las leyes que representan ciertos intereses de los países ricos. No sólo por cierto de las multinacionales, también los de un campesinado europeo que se asegura la demanda y los bajos precios con la PAC mientras los cupos y los aranceles defienden que nadie va a poder hacerles competencia real en el interior.
Para que la gente empiece a contar y existir en el proceso de globalización (es decir para que haya una base económica mínima que permita financiar educación, reclame un nuevo papel de la mujer, etc.) lo que hace falta, ahora, es más globalización.
Y en un programa viable y reformista esto serían básicamente dos puntos:
- Apertura de mercados agrarios de los países ricos
- Reducción dramática del tiempo de explotación de patentes y "derechos de autor"
23 Septiembre 2005 | 10:18 AM