Por la Seguridad hacia la Patria
Nunca he entendido muy bien ese concepto rancio de patriotismo que puede llevar a morir o matar sin más argumento que esa idea de la patria como algo sagrado. Si los del pueblo vecino vienen a invadir el tuyo peleas por conservar tu casa, tus cultivos, la vida que te quieren arrebatar. No necesitas de soflamas patrióticas que te animen en esa lucha.
Y cuando éstas aparecen, intentando seducirte, ganarte para la causa de la patria, la realidad suele ser menos romántica de lo que manifiestan las arengas. El rey, el noble, el dirigente políco de turno, el poder establecido, necesita de tu sacrificio, de tu complicidad, para la defensa de sus intereses. Por eso invocan la sacrosanta idea de la patria.
Si te dijeran que vayas a la muerte para defender sus intereses comerciales, por ejemplo, seguramente contestarías que se las apañaran sin ti. Al fin y al cabo, ellos tampoco se preocupan por ti cuando no te necesitan.
Sin embargo, esa invocación al sentimiento patriótico sigue dando buenos resultados en estos tiempos de globalizaciones (aunque me gusta más el término mundialización, a la francesa) y unidades políticas supranacionales. Lejos de que estas realidades debiliten el concepto más restrictivo de patria, que quizá sería lo más lógico, las identidades patrióticas florecen con renovados bríos, como si abrir las puertas al mundo fuera a dejarnos indefensos, desposeídos de lo nuestro.
Hoy por hoy, desde un punto de vista práctico, burocrático, somos de allá donde pagamos impuestos. El apego sentimental que podamos sentir por nuestra tierra de origen no nos servirá de excusa para reclamar en ella servicios o privilegios reservados a quienes la habitan y colaboran con sus rentas en su progreso. Si acaso nos conceden esos privilegios será porque algo de lo nuestro puede interesar (nuestro voto, nuestras divisas, nuestra influencia social...), pero no por el mero respeto a nuestro patriótico sentir.
Por eso deberíamos buscar el gato encerrado siempre que desde el poder se apela al patriotismo para reclamar nuestro apoyo en una causa concreta. Si ésta fuera fácilmente aceptable desde el sentido común y nos resultara claramente beneficiosa no se necesitarían coartadas sentimentales que justifiquen la conveniencia de nuestra adhesión.
Si realmente la seguridad colectiva requiriera de las drásticas medidas que en algunos lugares ya se están aplicando y en otros se andan proponiendo no haría falta la advocación a la Patria, que sólo viene a intentar teñir de cierto cariz dogmático una estrategia política cuyos orígenes y objetivos no están todavía tan claros como pretenden hacer ver sus promotores.
Es humano, y hermoso, amar la tierra que nos vió nacer. Pero no deberíamos aceptar que usen ese amor para convencernos de que debemos recelar por sistema y ver como sospechoso a todo aquel que haya nacido en otro lugar diferente del nuestro. Porque es injusto y además irracional.
Sobre todo cuando semejante injusticia se propone en países que alguna vez encabezaron imperios, a los que se llegó profanando el sentimiento patriótico que pudieran tener las gentes de las tierras conquistadas.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.

Gabriel dijo
Estamos de acuerdo.
Que nadie nos diga que tenemos que hacer.
9 Agosto 2005 | 07:50 PM