En la adolescencia, en la juventud, abrazamos el vanguardismo, la ruptura con las tradiciones, como la única causa posible, ésa que nos proporcionará la ansiada identidad propia, la individualidad liberadora. Pero solemos acercarnos a esa vanguardia por las vías de la estética, del envoltorio formal de las ideas, sin caer en la cuenta, las más de las veces, que ese despliegue estético no es inocente ni casual, sino que obedece a una estrategia predefinida, diseñada para llevarnos hacia ese lugar al que pensamos que nos dirigimos libremente, por propia iniciativa.
Dicho así, parece que de jóvenes fuéramos todos tontos. Y no, tampoco es eso. Sólo es que nos estamos formando, nuestro criterio se está desarrollando, y necesitamos referentes distintos a los que la tradición nos proporciona, elementos de comparación con lo que se nos transmite como válido y a veces no nos parece tan correcto o incluso gravemente equivocado. Somos activos, impetuosos, estamos plenos de energía y nos sentimos capaces de transformar el mundo que nos rodea. La pureza de nuestros valores, la firmeza de nuestras convicciones, nos llevan a la incomprensión, al escándalo, ante cualquier manifestación de aquello que consideramos ilógico o injusto. Es una época delicada de la vida, en la que se forjan los cimientos sobre los que se asentará la estructura de nuestro pensamiento, de nuestra verdadera identidad futura. La inconsistencia de esa base intelectual y ética nos hará maleables, nos dejará expuestos a la manipulación del criterio ajeno si éste sabe seducirnos con sus intrigas. Es una época, en definitiva, en la que somos más vulnerables e impresionables de lo que queremos aceptar. Y el mercado lo sabe. El poder lo sabe.
Como sabe también ese mercado, ese poder, que la estética es la mejor red para atraparnos. Una estética de los símbolos, claras señales que nos identifican de inmediato, sin necesidad de más discursos ni explicaciones. El siglo XX trajo consigo una revolución, la de las comunicaciones, cuyos efectos aún no han sido analizados con la relatividad que sería aconsejable. El valor de los símbolos, de las imágenes, creció de manera exponencial a medida que el acceso a la información se universalizaba, de manera que a veces el símbolo precede a la idea e incluso la suplanta. La estética prevalece sobre la ética, la forma olvida el fondo, la imagen destierra al pensamiento.
Esto, que a veces confundimos con el progreso, con la innovación, lleva a nuestras sociedades a permanecer en una interminable juventud que, como en los casos individuales, los de cada uno de nosotros, las mantiene vulnerables, expuestas a la interesada influencia de los poderes dominantes. Un avance sustituye al anterior, una noticia hace olvidar a la precedente, a tal ritmo que no cabe la reflexión y hemos de aceptar lo novedoso como válido sin saber muy bien para qué vale con tal de no quedarnos atrasados, rezagados en la ineludible carrera hacia el progreso. Un progreso a menudo artificial, dirigido, que aporta nuevos símbolos vacíos de significado, creados para conducirnos al consumo indiscriminado y la docilidad social, a la felicidad ilusoria de la propiedad y el confort material, al ideario político transmutado en doctrina moral que amortigue el eco de nuestro pensamiento individual, sobre todo si éste es crítico con el sistema.
La disensión ya no es generadora de controversias que alimenten el debate intelectual impulsor de un progreso constructivo, revitalizante, sino que es pronto identificada por los poderes como sinónimo de conducta asocial, contraria al discurso oficial que, teñido de la capa de moralidad conveniente, se presenta como el único posible.
El tan celebrado progreso oficialista no admite senderos divergentes, ni siquiera paralelos. Y nuestras viejas sociedades parecen haber perdido su tradición dialéctica, limitado el abanico de criterios posibles, cada vez con mayor distancia entre ellos, a los propuestos desde los extremos. Ahogado todo criticismo posible, sólo cabe estar con o contra lo propuesto desde el poder de las élites.
Nuestra cultura es milenaria, pero nuestras sociedades son cada vez intelectualmente más bisoñas, más inmaduras, más superficiales. Y nadie crea símbolos que reflejen esta situación. Parecería que quienes lo hicieran no están a favor del progreso. Algo imperdonable y muy mal visto.
Algo que proyecta una mala imagen.
Me ha hecho pensar en todo esto la lectura de Dos Batallas, un artículo del arquitecto argentino Rubén Cherny en Foro Alfa.