Tras el terrible atentado de Oklahoma City, en 1995, una estadounidense de mediana edad, entre sollozos, se preguntaba ante una cámara de televisión cómo era posible que eso sucediera en su país, precisamente allí. Idéntica pregunta, esta vez en español, lanzaba una neoyorquina de edad parecida y origen latino tras la tragedia de las Torres Gemelas. En otro reportaje televisivo, un padre de familia, cuyo yerno sería movilizado en unos días para combatir en Afganistán, expresaba la misma perplejidad: ¿cómo era posible que alguien quisiera hacerle tanto daño a su país, a ellos que sólo iban por el mundo ayudando al resto de los pueblos, haciendo el bien desinteresadamente?
No reproduzco esto último con ironía, hoy no es día de bromas. El hombre no entendía que nadie pudiera odiar tanto a su nación como para cometer en ella un atentado tan salvaje, y lo decía con tristeza. Al igual que las otras dos mujeres. Todos ellos, y supongo que otras muchas personas en EE.UU., eran incapaces de comprender que en su propia tierra sucediera lo que siempre ocurría en otros lugares y sólo veían por televisión como algo lejano y ajeno, aunque las víctimas fueran sus propios compatriotas.
Hasta hubo un hombre, edad mediana y bien trajeado, que en la inmediaciones de Wall Street descargó con rabia su teoría ante una reportera de televisión. Además de incomprensible, era injusto que un atentado como el del 11S hubiera ocurrido allí. El terrorismo tenía sentido en Europa porque aquí hace tiempo que perdimos la fe, la recta moral, todo principio loable. Pero no en EE.UU, un país de creyentes, regido por auténticos valores cristianos.
No sé si el enfado de este hombre era con su Dios, por haberles abandonado. Pero, según sus declaraciones, para él Inglaterra, España, Alemania o Italia, por citar algunos países europeos donde han existido grupos terroristas nacionales, no pertenecían a su Occidente, a su civilización. No al menos en esos momentos de rabia, seguramente dominado por el sentimiento de impotencia que todo atentado terrorista nos provoca.
Asociar culturas, religiones o pueblos al bien o al mal absolutos no sólo es una ingenuidad, sino que debería ponernos en alerta contra quien sugiere tal asociación. Si su creencia es sincera, es un fanático irracional, y eso le convierte en potencialmente peligroso y fácilmente sugestionable por quienes usan ese tipo de asociaciones de manera demagógica, con fines nada honorables. El propio terrorismo es el ejemplo más claro en la actualidad. Antes lo fueron la Inquisición, el nazismo o el Ku Klux Klan, entre otros.
Escuchar hoy hablar a Tony Blair de “defender nuestros valores y nuestra forma de vida” me da miedo. Y ese desliz de afirmar que los terroristas habían actuado “en nombre del Islam” lo intensifica. Un terrorista es un criminal, un asesino despiadado, y como tal ha de combatírsele. Extender injustificadamente la sospecha hasta su vecino, su hermano o el que reza junto a él en la iglesia, la sinagoga o la mezquita, no sólo es injusto sino que nos conduce hacia un fanatismo similar al que situamos en el origen de sus actos.
Y en Occidente, desde hace ya tiempo, lo que sobra es fanatismo. Ni nuestro modo de vida es el único (quizá ni siquiera el mejor posible), ni nuestra cultura se originó en un rancho de Tejas. Que no se nos olvide.
Hoy, como el neoyorquino con aspecto de ejecutivo de Wall Street hace unos años, siento tristeza, rabia e impotencia. Pero la ira temprana que me han provocado los atentados de Londres no me ha nublado tanto la razón como para no sentir también indignación al ver cómo algunos líderes políticos de Occidente usaban el dolor para seguir justificando su hipócrita e interesada política.
Ésa que también mata inocentes.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.
Cada vez que el terror nos azota en el corazón de nuestra sociedad de bienestar pienso que ese bienestar nos puede hacer muy peligrosos. Sobre todo si quienes lo lideran ofrecen el perfil de la pareja anglonorteamericana.
suscribo tu articulo integramente.
Estoy de acuerdo con stralunato en que es peligroso extender la culpa del terrorismo a todo el Islam, del mismo modo que sería un error extender la culpa del terrorismo del ...
Por ahí van mis temores, Lazarillo. Esa pareja es la que me asusta.
Gracias, Finchu. Resulta esperanzador saber que hay más gente que no lo ve todo en términos de "blanco o negro".