Eso es lo que está dispuesto a hacer José Carlos Percho, según expone en "Sobre los sistemas DRM", un artículo en Noticias.com, si la industria audiovisual y las entidades de gestión de derechos se salen finalmente con la suya imponiendo sistemas de control como el peligroso DRM. Razones no le faltarán, no nos faltarán, para dejar de consumir todo aquello que incluya esas protecciones (Cds, DVDs, software e incluso hardware) y acudir a los espectáculos (cine, conciertos) que promuevan quienes también fomentan esas medidas restrictoras de nuestros derechos y libertades.
La censura en China, el canon en compensación por copia privada en España, la resolución del Tribunal Supremo de EE.UU. en el caso Grokster, la presión de los lobbies para la aprobación del sistema de patentes en la UE, son sólo ejemplos manifiestos del deseo que industrias y poderes diversos tienen de ejercer un control sobre Internet y el ámbito de lo digital. Un control que vulnere derechos y libertades de los ciudadanos sin pudor alguno, amparado en razones como la ley o la seguridad. Acomodadas éstas, por supuesto, a la interpretación que a esos poderes les resulte más conveniente.
La reciente declaración del Supremo estadounidense respecto a las redes P2P es un claro ejemplo de la connivencia entre los diversos poderes en contra de los ciudadanos. Hay quienes pretenden exculpar a los jueces, aduciendo que no son ellos quienes redactan la ley. Pero olvidan que sí son esos jueces quienes la interpretan, aspecto no poco decisivo.
En el caso Grokster, los jueces del Supremo podían haber evitado la mención del posible fomento de las descargas ilegales por parte de las redes P2P. En primer lugar, porque no es función de los jueces plantear hipótesis, sino juzgar hechos consumados. Y, por otra parte, porque la incitación a la comisión de un delito ya está contemplada en la legislación y no era necesario especificar esa posibilidad en el caso concreto de las redes de intercambio. Pero sin ella, y aquí está la trampa, a los jueces no les quedaba otra que declarar legales esas redes. Está claro, pues, a quién han querido beneficiar dejando abierto el camino para que los pleitos entre la industria y las redes sigan adelante.
Si la industria terminara venciendo esa guerra, que el Supremo no ha querido parar, a las redes de intercambio sólo les quedará extinguirse o aceptar implementar medidas para el control del tráfico de archivos, como el DRM, o de identificación de los usuarios, algo que ya anuncia que incorporará la próxima red "amiga de la industria", Avalanche de Microsoft. Y esto, más allá de las razones comerciales o de protección de los derechos de copyright que se aducen, deja abierta la puerta a la censura previa.
Aunque a Microsoft no le importa ejercer la censura, como hemos podido comprobar en el caso de China, país en el que los ciudadanos que quieran editar su blog en MSN Spaces no podrán emplear, entre otras, la palabra "democracia". ¿De verdad queremos que empresas así vigilen permanentemente nuestra navegación por Internet o lo que hacemos en nuestro propio ordenador?
Yo no. Sencillamente porque no me fio de sus intenciones. Si eso me convierte en un defensor del anonimato y, consecuentemente, en un delincuente en potencia, como se desprende de las declaraciones de algunos responsables de las entidades españolas de gestión de derechos, "pos fale, pos m'alegro".
Lo que no voy a aceptar es que me digan qué puedo o no puedo hacer en mi propia casa con un disco que he comprado a precio de artículo de lujo. Antes de eso, como José Carlos, prefiero regresar al siglo XIX, al teatro y la música en vivo.
Lo siento por los autores e intérpretes que se vean afectados por esta decisión si todos los que amenazamos con adoptarla (que somos ya unos cuantos y haremos campaña) la llevamos finalmente a término, pero son ellos mismos quienes se empeñan en cavar su propia tumba poniéndose del lado de quienes nos insultan y promueven el secuestro de nuestros derechos y libertades en su nombre. Aunque siempre les queda, a ellos también, regresar a la sensatez de los artistas del siglo XIX.
Porque su enemigo no somos nosotros.