Las moscas
Esta mañana no he necesitado oír el pitido del despertador. Una servicial mosca se ha encargado de avisarme, posándose repetidamente sobre mi cara y regalando a mis oídos su molesto zumbido, de que ya era un buen momento para comenzar el día. Imagino que el insecto no era consciente del mal talante que puede provocar en un humano el ser despertado de manera tan brusca e inesperada. Ninguna mosca debe de serlo. Pero a ésta en concreto, hoy, esa ignorancia le ha costado la vida.
No es que me divierta matar moscas. Muy al contrario, siempre intento ofrecerles una vía de escape, una alternativa a ese último vuelo que realizan antes de reposar inertes tras la certera sacudida del matamoscas. Esa alternativa suele consistir en dejarlas escapar por la ventana, subir la persiana para que se sientan atraídas por la luz y se posen en la mosquitera. Y entonces correr despacio ésta permitiéndoles que salgan al exterior.
Esto funciona en gran parte de los casos, lo que supone un alivio para mí, pues me evito ese regusto amargo que deja el haber acabado con un ser vivo. Pero no siempre, y a veces me veo conminando de viva voz a la mosca de turno, intentando convencerla de que huya y no me obligue a blandir el letal matamoscas:
— Mira, hermosa, haz el favor de irte de una vez, que me estás sacando ya de quicio. Que es que si no vas a morir. ¿Lo entiendes o no?
Muchas no quieren entenderlo y, por mucho que me pese, no me dejan más opción que sacrificarlas. Y es que las moscas consiguen enervarme hasta rozar la histeria. Se posan en mis brazos, en mis piernas, y todo me empieza a picar. Revolotean a mi alrededor, parándose en la pantalla, en el teclado, en los papeles que descansan sobre el atril, en la mesa, y me entran ganas de lanzar un grito de guerra al tiempo que salgo en su persecución con el único afán de exterminarlas.
Hoy ha sido un día particularmente duro en mi interminable batalla contra las moscas. Ayer estuvimos pintando las paredes de algunas habitaciones y las ventanas y puertas al exterior permanecieron abiertas más de lo habitual. Eso y la natural búsqueda de cobijo de las moscas en días como el de ayer, frescos y tormentosos, debieron propiciar que muchas de ellas se colaran en la casa. Aunque anoche, después de cenar, mientras veía el comienzo de la nueva temporada de 24, no advertí su presencia. Ni tampoco después, antes de acostarme, cuando revisaba el correo en el ordenador a la par que escuchaba las ocurrencias de Buenafuente.
Pero estaban. No sé si aletargadas o maquinando el plan de ataque para hoy, pero el ejército de moscas que me viene asaltando desde que me levanté se debía ocultar en algún rincón de la casa a la espera del nuevo día. Porque la que tan abruptamente me ha despertado sólo era una avanzadilla, algo así como la mosca exploradora que debe haber alertado a las demás de mi presencia. Y, poco a poco, el resto ha ido apareciendo durante la mañana desde que me senté frente al ordenador.
Nunca en número menor de dos, a veces más, adoptaban como base de lanzamiento una mesa cercana, y desde allí realizaban regulares pasadas intimidatorias por delante de mis narices para regresar después a esa mesa base. Unas pocas, las más sensatas, han aceptado salir al jardín a través de la ventana abierta que yo les ofrecía. Pero la mayoría, quizá envalentonadas por su disposición en escuadrillas y el número total de sus efectivos, han optado por insistir en su vuelo agresor y han terminado feneciendo en la misma mesa desde la que lanzaban sus ataques. Más de una docena, aunque no he llevado la cuenta precisa de las víctimas, han caído ahí bajo el latigazo del matamoscas.
Alguna que otra se sigue aún pasando por aquí de rato en rato, pero desaperecen rápidamente tras la primera incursión. Quizá adviertan, olfateen, el peligro que corren en este campo de batalla y decidan que no es hoy el mejor día para perder la vida.
Mejor así. Yo tampoco tengo ningún interés en arrebatársela.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.

Maria dijo
Esta historia si que esta buena amiguito, y tambien me hace comprobar que eres una super persona, y que no eres capaz ni de matar una mosca. Lo contrario de mi, te cuento que me estaba bronceando un poco en el patio de la casa, y de repente me desperto un dolor horrible en un dedo... es que me habia picado una abeja, y ahora traigo un dedote de tamaño mundial. Y si, de la rabia que me dio (no porque me picó, sino porque me despertó) la hice puré. ;)
24 Junio 2005 | 08:50 PM