El copyright y los límites del absurdo preventivo
Hay informaciones a las que cuesta dar crédito. Son inverosímiles porque las situaciones que narran como verídicas atentan contra el sentido común, y más parecen una grotesca deformación de la realidad, una proyección de ésta más allá de los límites del absurdo. Pero nos llegan informaciones de este cariz a diario. Y muchas de ellas, desde hace ya tiempo, relacionadas con el copyright.
La última que leo la encuentro a través de José Cervera y su Retiario, dentro del artículo “La lógica perversa del 'copyright' infinito”. La información, que procede de EE.UU., se ofrece originalmente en SignOnSanDiego.com: “Digital photos can look great, but some labs won't print those that appear too professional”.
Sí, dice lo que parece. Hay laboratorios fotográficos que se niegan a imprimir algunas fotografías de los clientes que acuden a ellos porque consideran que son demasiado buenas, con un aspecto demasiado profesional. El problema radica en el miedo que los laboratorios tienen a ser demandados si alguna de esas fotos, en formato digital, resulta ser obra de un fotógrafo profesional, protegida mediante copyright. Así que, ante la duda, prefieren ofender y hasta insultar al cliente, desconfiando de él y de su palabra y presuponiendo su culpabilidad.
La perplejidad del cliente una vez superadas la incredulidad incial y la primera explosión de vanidad (su fotografía “de aficionado” es considerada de calidad profesional por un especialista en la materia, aunque dude de su autoría) muda pronto, lógicamente, en indignación. Le acaban de llamar mentiroso y presunto delincuente, amén de insinuar su incapacidad para realizar fotografías de una calidad más que aceptable. Todo eso en un momento, segundos después de que entrara en el establecimiento, tan feliz, para conseguir copias en papel de las fotografías que ha tomado con su cámara digital.
Irritar sin necesidad a un ciudadano pacífico y feliz debería considerarse un hecho delictivo. Y hacerlo, además, acusándole sin pruebas ni indicios y dudando de su honradez sin más motivo que el miedo a meter la pata, debería suponer una circunstancia agravante. La sociedad necesita más de la felicidad y el sosiego de las gentes corrientes que del trabajo “protegido” de unos cuantos artistas y profesionales pagados de sí mismos y a menudo sobrevalorados por la propia sociedad que sufre sus desmanes.
Hace unos meses surgió una polémica en Chicago con la fotografía y el copyright como protagonistas. Un reportero gráfico intentaba fotografiar una escultura (en la imagen que ilustra este texto) instalada en un céntrico parque público de la ciudad cuando uno de los guardias de seguridad del parque se lo impidió. La escultura, le dijo, estaba sujeta a copyright, propiedad de la escultora que la realizó. No podía, por tanto, fotografiarla sin su permiso. El reportero, por supuesto, no entendia que eso debiera ser así. Y estoy con él, yo tampoco lo entiendo. Pero no sólo en el caso de esa escultora.
Tener que presentar un permiso para hacer fotografías en un parque público o una declaración de la propia autoría, jurada ante notario, para conseguir que te atiendan sin suspicacias en un laboratorio fotográfico son sólo dos ejemplos, y no los más graves, del absurdo a que nos conduce esa nueva política de la prevención que, por lo visto, sirve hoy tanto para un roto como para un descosido.
Una política preventiva que, como vemos diariamente, no se para a considerar si las medidas que requiere recortan la libertad y los derechos de los ciudadanos. Puede que muchos de éstos, seducidos por el discurso del Poder, acepten ver limitados esos derechos en aras de la mayor seguridad que, supuestamente, las medidas preventivas les garantizan. Es comprensible. Quizá por eso, la previsión aplicada al copyright pretenda también presentarse como necesaria para evitarnos catástrofes devastadoras, como la muerte de la cultura. Pero en la práctica cumple otro objetivo que sólo sirve a sus promotores y en nada beneficia a la sociedad, que ha de pagar más por tener menos derechos, entre ellos el del acceso a la propia cultura.
El caso de los establecimientos de fotografía en EE.UU. puede parecernos ridículo y desproporcionado. Lo es. Pero también lo es el cobro del canon y lo estamos pagando. Lo que en nuestras mentes inocentes puede parecer absurdo no lo es tanto en las de los promotores de esa sinrazón. Ellos encuentran un beneficio en lo que nosotros consideramos irracional. Por eso mantendrán sus posiciones a toda costa, por más que sea evidente ese absurdo al que conducen las medidas que fomentan.
Además, siempre les quedará la excusa de que es un absurdo preventivo. Eso, hoy en día, justifica casi todo.

Soy quien soy, pero sólo a ratos.

Jorge Cortell dijo
Joder qué mierda de blog. Tienes mucho que aprender. Echa un vistazo y aprende: jorge.cortell.net.
13 Junio 2005 | 10:16 AM