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La Coctelera

stralunato

lo que no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario

2 Junio 2005

Intrusismo y profesionalidad

Leyendo algunos artículos sobre contratos y relación con los clientes en el ámbito del diseño encuentro, en los comentarios a ciertos posts, una queja repetida y en algún caso acompañada de una palabra fatídica: intrusismo.
La queja en cuestión se refiere a un problema común con que se encuentran los diseñadores que la formulan. El caso típico del cliente que, presuntamente escandalizado por el presupuesto que le presenta el profesional, dice aquello de que ese precio es una barbaridad y que el mismo trabajo puede hacerselo su sobrino, que con el Photoshop es un artista y además no le va a cobrar.
Bien es verdad que quienes se quejaban son diseñadores gráficos, y lo mío es el diseño web, que es algo bien distinto. Pero esto no quita para que en la relación con los clientes se pueda dar la misma situación. Mi postura en estos casos es, desde hace tiempo, bien clara. Si yo sé que el precio que propongo es justo, aún puedo, si acaso, conceder un margen en ese precio para la negociación. Por debajo de ese margen... que le diseñe el sitio su sobrino. Explicado esto al cliente con más tacto, por supuesto.
Dicho esto, que así simplificado puede sugerir intransigencia e incluso prepotencia, pero que tiene su allá y su porqué (quiza algún día lo explique), vuelvo al término fatídico, el intrusismo.
Eso, un intruso, es lo que algunos proponen que sería el sobrino del cliente. Alguien que sin haberse preparado adecuadamente, por ejemplo en la universidad, se atreve a realizar una labor que deberían desarrollar aquellos que sí recibieron la formación adecuada. No es nueva la preocupación por el intrusismo, que hasta puede ser constitutivo de delito. Pero tampoco es nueva su utilización como excusa del propio fracaso.
Los conocimientos adquiridos, y la titulación consecuente, no convierten a nadie en un profesional, el que ejerce una profesión. Según la RAE, profesión es el “empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución”. O sea, que si esos conocimientos no sirven para procurarnos ingresos, por muy capaces que nos sintamos no podemos llamarnos profesionales.
Esto tiene su lógica, pues la profesionalidad (“cualidad de la persona u organismo que ejerce su actividad con relevante capacidad y aplicación”, RAE) sólo encuentra su expresión en el ejercicio continuado de una actividad y en el reconocimiento ajeno a nuestra pericia en el desarrollo de la misma. Y no sirve como relevancia, ésa a que se refiere la definición del diccionario, el que nuestros familiares y amigos digan que somos el mejor. Eso hay que demostrarlo.
Los que se quejan de intrusismo podrían usar este mismo argumento en su favor. Si cuando finalizan sus estudios universitarios se encuentran con que hay gente que sin esos estudios está ocupando los puestos de trabajo que ellos ansían, jamás podrán adquirir la experiencia que certifique su profesionalidad. Llevarán razón. Pero su queja, en todo caso, debería ir dirigida al ámbito universitario, que los forma pero no los introduce en el mundo laboral, o al profesional, si es que éste contrata personal no cualificado en su lugar.
En el supuesto que nos ocupa, el de los profesionales independientes, freelance, la cosa cambia. Ahí rigen otras normas y cada cual sobrevive como puede. Y es en último término el cliente quien decide qué persona le va a prestar el servicio que necesita. Lamentarnos porque ha decidido contratar en nuestro lugar a alguien que carece de nuestra titulación no conduce a nada. Posiblemente, la relación calidad-precio de nuestro competidor le ha llevado a tomar su decisión, y poco le importa nuestro historial académico o el prestigio de la universidad donde estudiamos. Ha visto los trabajos anteriores del otro y le han gustado. Y si además el precio era razonable no ha tenido mucho que pensar.
Cargar contra el otro, acusándole de intrusismo, no tiene mucho sentido. Se puede haber formado de manera autodidacta y ser más capaz que nosotros. Ejemplos hay sobrados y algunos sorprendentes. Nadie en su sano juicio puede negar esta posibilidad. Y nadie debería reclamar, pues no sería justo, que se le impida desarrollar una actividad para la que también se ha formado, aunque fuera de los circuitos académicos oficiales, y para la que, repito, es posible que esté más capacitado que muchos titulados. Porque el título, y de esto también sobran ejemplos, no garantiza la capacidad de un individuo para aplicar eficazmente sus conocimientos en la actividad profesional.
La sociedad necesita buenos profesionales. Si además tienen un título, mejor. Pero, excepto en actividades en las que por razones obvias no se puede consentir el intrusismo (la medicina, la abogacía, etc.), no parece razonable restringir el derecho de los individuos a desarrollar cualquier actividad que decidan, siempre y cuando puedan demostrar su valía.

servido por Jacinto 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Meritxellgris

Meritxellgris dijo

Sí ,en España,el intrusismo es el pan nuestro de cada día: aquí no hay más que gente que lo sabe todo,que sirve para todo,que lo capta todo.
La gente se busca la vida como puede.Y si les dices algo te responden como los toreros:"más cornadas da el hambre..." (vaya con la metáfora comestible)

2 Junio 2005 | 07:27 PM

stralunato

stralunato dijo

Bueno, tenemos lo que nos merecemos. Si apoyamos una economía liberal, como hace la mayoría sabiéndolo o no, no podemos a la vez pedir medidas protectoras extremas para nuestro caso particular.
El mercado manda, eso es lo que nosostros mismos hemos decidido. Así que no valen quejas cuando eso nos afecta personalmente.
Llevas razón, hay mucho "listo" suelto, pero por encima de ellos están los que les contratan. Estos son los que deciden.
Así es el mundo en que queremos vivir.

4 Junio 2005 | 11:15 AM

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