“Mal de muchos, consuelo de necios”, dice el refrán. Y si hemos de hacerle caso, debemos concluir que la necedad es uno de los males más extendidos en la actualidad. Un mal de dificil cura, por otra parte, pues el riesgo de contagio es alto y aunque nos creamos libres de su influjo rebrota en cualquier momento, con más intensidad, si cabe, que en anteriores accesos.
Su diagnóstico es sencillo. Basta con esbozar una crítica (el fútbol y la política son temas infalibles) para saber si tu interlocutor lo padece. Si permite que desarrolles el razonamiento de tu discurso para después intentar refutarlo con sus propios argumentos, no hay duda, está sano. Si por el contrario, como hoy es lo común, interrumpe tu exposición sin escuchar tus razones para contraatacar con acusaciones vacías e irrelevantes o reproducir miméticamente consignas que presupone te dejarán fuera de combate, tampoco hay duda, se ha contagiado.
Esta enfermedad tiene también sus variantes, de fácil identificación. Entre ellas se pueden citar como más comunes la del tipo “anti” (del que hablaré más detenidamente en otro momento), que se caracteriza porque los afectados ansían más el error ajeno que el propio acierto, la del tipo “¿y tú qué?”, en la que los que la padecen sienten atenuado su error si es equiparable al ajeno, y la del tipo “¡y tú más!”, cuyos afectados encuentran en el error de los otros no ya consuelo para el propio sino la justificación para convertirlo en acierto.
La gravedad en el alcance propagador de esta enfermedad viene reflejada en el carácter del ámbito desde el que se propaga. Caso ejemplar es el Congreso de los Diputados, peligroso foco de infección donde los síntomas se aprecian de manera manifiesta. Como mal social, el peligro de contagio es directamente proporcional al prestigio del sujeto propagador y el nivel de difusión que los canales habituales de comunicacíon social, los medios de información en primer término, puedan proporcionarle.
No existe un tratamiento que se haya mostrado eficaz para combatir este mal, que presenta ya proporciones de epidemia. La solución más efectiva, la incomunicación social, no parece viable. Así que sólo nos queda recurrir a un remedio natural, la inteligencia, ésa que nos permite forjarnos nuestro propio criterio.
Aunque quizá sea éste un remedio que no todos tengamos a mano.