Los ecos de la famosa conferencia de Jorge Cortell en la Universidad Politécnica de Valencia (la conferencia maldita, dice él) están aún muy lejos de apagarse. Los impedimentos puestos por el Rectorado para su celebración, que tuvo finalmente como escenario una cafetería, presuntamente realizados bajo presiones del entorno SGAE, y la posterior renuncia forzada de Cortell a su condición de profesor en la citada universidad han dado para muchos comentarios en Internet.
Es lógico que así haya sido, que tanto se haya dicho, por diversos motivos. El primero, fundamental, el tema de la conferencia, la legalidad o ilegalidad del uso de las redes P2P, que levanta pasiones en la Red. Otra razón, pasional también, el extendido afán de muchos internautas por sumarse a toda crítica emergente contra la SGAE, sin ahondar mucho en los argumentos que la sustenten. Y una última causa, ésta más romántica, la solidaridad con el héroe, Cortell, en su desigual lucha contra un monstruo de varias cabezas: SGAE, UPV, medios de información tradicionales, clase política en general...
Por cualquiera de estos motivos (o por otros, si los hubiera), mucha gente se lanzó a emitir no sólo opiniones, sino incluso acusaciones, que en ocasiones han sobrepasado los límites de lo razonable. Y que han excedido también los argumentos y explicaciones del propio Cortell, mutando en soflama panfletaria su discurso fundamentado.
Ahora, algunos de esos mismos que cantaban loas de admiración a un héroe improvisado, sobredimensionando sus proezas, se aprestan raudos a desdecirse de sus elogios y clamar contra el paladín, llamándole villano. La razón, unos títulos académicos que aparecen en su currículo y que alguien asegura que fueron emitidos por una “fake university”, una universidad de metirijillas que vendía las titulaciones sin más requisitos que el pagar su precio.
Lo que haya de cierto en esto no me interesa, la verdad. Ni debería interesar a nadie, más allá de lo anecdótico. Lo interesante de lo que el descubridor del fraude curricular define como “culebrón Jorge Cortell” (por el que declara su desinterés, aunque se haya molestado en examinar detalladamente el currículo) debieran ser los debates que suscita sobre dos cuestiones que sí son de interés. Por un lado, el asunto de la propiedad intelectual y las redes P2P. Por otro, el comportamiento represor de las autoridades de la UPV y, por extensión, la situación de nuestras universidades respecto a las libertades de expresión y de cátedra y el fomento o censura de un espíritu crítico, constructivo.
Esto es lo que debiéramos agradecer a Jorge Cortell, que con su peripecia haya avivado la discusión sobre esos asuntos. Como él mismo afirma, su identidad, su persona, no son lo más importante. Lo trascendente debieran ser sus ideas. Las ideas de cualquiera, si tienen un fundamento y una argumentación válidos.
Pero a algunos, me temo que sin muchas ideas propias, parece preocuparles más su propia vanidad. Se sienten ofendidos, defraudados, burlados por su héroe, y derriban las estatuas que en su honor erigieron con las misma celeridad con que las levantaron. Le habían defendido a capa y espada, sin ningún sentido crítico, y con el mismo sinsentido ahora le vituperan. En definitiva, quizá les duela su orgullo, el sentir que se habían precipitado en sus elogiosas opiniones, el pensar que se han equivocado y su error es de dominio público. Por eso le atacan sin piedad, aventurando hipótesis sobre las razones de su supuesto engaño, de nuevo poco meditadas, de las que quizá tendrán que retractarse mañana. O buscar un nuevo culpable a quien cargar con la responsabilidad de su inconsciencia, que parece ser el principal argumento defensivo de su acomodaticio parecer.
Mientras tanto, casual o premeditadamente, le van haciendo el juego a quienes intentan desacreditar a Jorge Cortell precisamente por sus ideas, no por su trayectoria académica. Mientras se esté hablando de quién es no se dice nada de lo que piensa. Ahí perdemos todos, hasta los buscadores de la verdad en los currículos ajenos. Si es que en realidad su falta de interés es tanta como pregonan.
De cualquier forma, yo no encuentro razón alguna para no creer las explicaciones de Jorge Cortell. Y seguiré atendiendo a lo que tenga que decir sobre asuntos que considero no sólo de interés, sino también trascendentales. Escuchar las razones ajenas nunca ha hecho daño, sea quien sea el emisor.
Aunque, eso sí, por más que coincida con él, jamás entenderé que a alguien se le haya ocurrido reunir las ideas que defiende en un corpus ideológico y llamar a éste Cortellismo.
O calvo o tres pelucas. No tenemos solución.
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Soy quien soy, pero sólo a ratos.
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