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Terra
La Coctelera

Categoría: Sociedad

Se llama e+

Así es como le gustaría a Goyo Tovar que se conociera ese nuevo proyecto emprendido por un grupo de blogueros extremeños que ya se reúnen en un agregador de blogs bajo el dominio extremadurapositiva.es.
Aparte de ciertas cualidades y características que ya han referido César o Daniel, hay algo en esa iniciativa de positivo -y creo que de necesario- que me recuerda una conversación con Dani en el viaje de regreso del eFindex. Me hablaba él del exceso de dedicación, en el contexto de la blogosfera, a los grandes temas políticos, la macropolítica, en detrimento de la atención a esos otros asuntos más cercanos y cotidianos, que él llamaba micropolítica, y que quizá por causa de esa inmediatez pueden parecernos menores o de escaso interés para los lectores del blog.
Estoy de acuerdo con esa apreciación, y considero que los blogs son un magnífico instrumento para la participación ciudadana en la política -en positivo, por supuesto, como proponen los amigos extremeños-. Pero esa política comienza en el barrio o en el pueblo, en la escuela o en la fábrica, incluso en el hogar y en el bar donde nos tomamos las cañas. En definitiva, en nuestro entorno social más inmediato. Si trabajamos para mejorar ese entorno estaremos cimentando el cambio más eficaz, el de cada una de las partes de ese todo que llamamos sociedad. Y, ya se sabe, la suma de las partes hace el todo.
Esto es lo que en su declaración de intenciones proponen los amigos de e+, ocuparse de los asuntos domésticos, hacer región, apañar el propio hogar antes de arreglar el mundo:

"extremadurapositiva.es (e+) pretende ser un espacio en el que un grupo de extremeños expresaremos nuestras opiniones acerca de lo que ocurre en nuestra tierra, siendo en todos los casos tan críticos como constructivos, desde nuestra convicción de que somos los extremeños quienes tenemos que hacer región y hacerla cada día mejor."

Quizá haya quien, tan universales como somos ahora todos, vea esta iniciativa como algo cerrado y localista. Pero yo me atrevería a apostar que esta aventura -sobre todo conociendo a alguno de los aventureros- puede dar que hablar y ser ejemplo a seguir. Y si no, al tiempo.
Felicidades y mucha suerte, amigos.
No quieras saber, Goyo, cómo entiendo tu batalla con el grillo. Aunque yo soy más fino y tengo patio. :P

Nadie borra las huellas de los Beatles

Algo así debieron pensar todos los que se escandalizaron al conocer el proyecto de cambiar el nombre, entre otras tantas, a esa famosa calle de Liverpool inmortalizada como título de un tema de los Beatles, Penny Lane.
La razón para rebautizar algunas calles de la ciudad, iniciativa defendida por la concejala Barbara Mace, es que sus nombres guardan relación con el antiguo comercio de esclavos, una actividad en la que se basaba gran parte de la economía local durante la segunda mitad del siglo XVIII, tiempo en el que Liverpool era un puerto importante para los buques negreros que viajaban entre Africa y América. En el caso concreto de Penny Lane, el nombre de la calle proviene de James Penny, adinerado dueño de un buque negrero y destacado antiabolicionista.
Ante la avalancha de críticas, las autoridades locales han dado marcha atrás y han abandonado el proyecto, y la concejala Mace ha propuesto que en esas calles se erijan placas que informen del correspondiente contexto histórico de sus nombres.
No seré yo quien dude de las nobles intenciones de la concejala, pero desde un punto de vista práctico su proyecto me parece un caso de torpeza política. Cualquiera podía haber previsto la impopularidad de tal medida, no sólo por motivos románticos sino también económicos. Penny Lane, como otros lugares directamente relacionados con el famoso cuarteto, es meta recurrente de peregrinación para gentes de todo el mundo, que casi invariablemente se fotografían junto a la placa en la que reza el nombre de la calle como recuerdo de su estancia allí. Turistas, en definitiva.
Y, por otra parte, además de fracasar con su proyecto, Barbara Mace sólo ha conseguido que muchos descubramos por primera vez el origen de ese nombre, que antes sólo era una calle cerca de la que crecieron John Lennon y Paul McCartney y que terminó dando título a una de sus más famosas canciones. Y, ya de paso, que el pasado como puerto esclavista de la ciudad se ande reproduciendo en medios de comunicación de medio mundo. Si la concejala quería enterrar la historia sólo ha conseguido despertarla.
Y es que hay que tener muy poco conocimiento para pretender, en el propio Liverpool, borrar alguna de las huellas de los Beatles. O ser más idealista que práctico, que también puede ser el caso de la concejala Mace. Pero eso, en política, no suele funcionar.

Armas bajo control

Cualquier persona bienintencionada coincidiría en la necesidad de atajar y controlar el tráfico ilegal de armas ligeras, un problema que según los responsables de la campaña Armas Bajo Control causa la muerte de un ser humano cada minuto. Y con ese fin, con el de negociar una regulación eficaz de ese tráfico ilicito, se ha celebrado en Nueva York, entre el 26 de junio y el 7 de julio, la Conferencia de Examen de las Naciones Unidas sobre Armas Ligeras.
Pero el acuerdo para un control más esctricto de ese mercado ilegal, previsto en el Programa de Acción de Naciones Unidas aprobado por unanimidad en el año 2001, ha sido imposible. Un pequeño grupo de países -Cuba, India, Irán, Israel, Pakistán y, principalmente, EE.UU.- ha bloqueado las posibilidades de acuerdo en la adopción de las medidas apoyadas por la mayoría de los Gobiernos, incluido el de la Unión Europea y los de la mayor parte de los países latinoamericanos y africanos.
Habrá que esperar a a la Asamblea General de Naciones Unidas, donde las decisiones son adoptadas habitualmente en votación y que abordará esta cuestión de nuevo en octubre, para ver si es posible avanzar en la resolución del problema sin que una minoría de países imponga su criterio y obligue al resto del mundo a seguir sufriendo ese gran mal que el comercio ilegal de armas representa.
Así que si no te has sumado a la campaña Armas Bajo Control aún estás a tiempo:

La omnipresencia humana

No sí si existirán los dioses. Aunque, creer, creo. Que no hay nada, ni siquiera la razón -propia o ajena- que me dé pistas suficientes para dejarme seducir por lo contrario. Y en cualquier caso, el que anda últimamente en esas cavilaciones es el amigo Clavijo (ya hablaremos de esos asuntos después del eFindex, amiguete, que ahora anda la cosa apretaita para entrar en tamañas profundidades).
Lo que sí está claro es la omnipresencia no es una entelequia. Aunque sea como cualidad humana y no divina:

La foto es de Lorena.

El arte de vivir

En la imagen, las filas de carros vacíos aguardan a los compradores. Llenarlos es la clave de la felicidad para muchos de ellos, que quizá, como apunta Julián Marías en "La felicidad humana", hayan reducido ese concepto, el de felicidad, al del simple bienestar. O, dicho de otra forma, confunden el ser felices con el tener algunas cosas que nos ayudan a estar bien, a sentirnos bien, y que, por consiguiente, facilitan también nuestra felicidad.
Pero esas cosas, las que nos proporcionan bienestar, "no son" la felicidad. La felicidad no consiste simplemente en estar bien en situaciones o momentos puntuales -cuando degusto un carísimo vino o conduzco mi flamante deportivo, por ejemplo-, sino en estar haciendo algo que llena la vida.
Un apagón de luz puede hacer que nos sintamos mal, que no tengamos bienestar. La falta de energía eléctrica nos puede impedir realizar algunos cosas -leer un libro, ver la televisión, conservar fríos los alimentos...-, pero sería ridículo decir que la felicidad consiste en la electricidad. La humanidad ha vivido sin ella casi toda su historia sin que eso implicara su necesaria infelicidad.
Y además, vistas así las cosas, los hombres de hoy no seríamos sino un atajo de pobres infelices, pues sabemos ya que los que nos sucedan gozarán, en buena lógica, de un mayor bienestar que nosotros. Con un concepto de la felicidad como algo tangible, posible, realizable, la certeza de nuestras limitaciones, el sabernos imposibilitados para acceder a ciertos niveles de bienestar, debería bastar para sumirnos en la más profunda de las desesperanzas.
Sin embargo, con esa cultura del bienestar como sinónimo de la felicidad ha llegado también un nuevo hombre, ése que Enrique Rojas denominó "el hombre light". Un hombre superficial, pragmático, trivial, frívolo, cuyos pilares son el hedonismo y la permisividad, de los que se derivan el consumismo y el relativismo que imperan en la sociedad postmoderna actual.
Un hombre que se preocupa, ante todo, de sí mismo, y cuya principal meta en la vida es poseer todas esas cosas que le procuren su bienestar-felicidad al tiempo que le permiten distinguirse de los otros. Un hombre, en suma, con mucha fachada y escaso fondo. El perfecto consumidor que, como escribe Paul Schmelzer, ha sido entrenado para la desintegración, para responder a esa fragmentación, personal y social, que fomenta la publicidad.
Nada es ya para el hombre como ser humano total, sino para este o aquel de sus aspectos particulares. Pero parece que satisfaciendo a una parte hubiéramos colmado de satisfacción al todo. Nadie puede alcanzar la felicidad, en toda su plenitud, adquiriendo determinado modelo de automóvil. Pero la publicidad nos dirá que sí, y nos lo creéremos. Y compraremos ese coche para mayor complacencia de nuestro idolatrado ego y, de paso, para ser más -para tener más fachada- que el vecino. ¿Se puede desear más felicidad que ésa?
Un síntoma inequívoco de que nos hemos convertido en esos nuevos hombres seducidos por la cultura del bienestar es la impaciencia. Ya no sabemos esperar. O no queremos hacerlo. Queremos las cosas y las queremos ya, al momento, sin más espera. Sin embargo, la espera es un ingrediente decisivo de la vida, que podemos ver en el labrador que aguarda al momento de la cosecha o la madre que durante el estado de gestación espera el día del nacimiento de su hijo. Esperas que lo son también de la felicidad.
Con este panorama a nuestro alrededor, se puede decir que vivir, en el sentido más profundo del término, es hoy en día todo un arte. Y no siempre, aunque se quiera, podemos ser artistas de la vida.
Aunque se seguirá intentando. Vive la résistance!

Tontos útiles, listos inútiles

Que en este siglo XXI postmoderno y esquizofrénico el insulto gratuito e innecesario es la máxima expresión de la libertad ya quedó claro con el asunto de las caricaturas de Mahoma y la enconada defensa que de ellas se hizo desde los más diversos sectores ideológicos. Se nos llena tanto la boca de libertad que hemos olvidado no sólo a qué sabe o cómo se ha de cocinar sino también, lo que es más grave, qué ingredientes la componen. Y, en especial, que el insulto no es uno de ellos.
Quizá por eso existe últimamente tanto tonto útil -que hay a quienes bien sirven sus tonterías- que en nombre de una supuesta y elevada libertad dedican su tiempo y sus esfuerzos a insultar al prójimo sin ton ni son, sin fuste ni careo, con argumentos tan endebles como peregrinos y que siempre remiten al mismo origen: esos otros a los que insulta el tonto útil, a menudo aún sin conocerles lo suficiente como para juzgarles con criterio, no piensan como él. Y esa razón le basta y le sobra para dirigir contra ellos sus insultos. Bendita libertad la suya.
Aunque este tonto útil no lo es tanto, necesariamente, por sí mismo, como algo innato en él, sino que puede serlo por contagio, en cuanto que se deja llevar por otro tipo de insultadores, más listos ellos, que sí saben a quien insultan y por qué lo hacen. Como saben también, aunque de eso el tonto ni se entere, que no es precisamente la búsqueda o la defensa de la libertad lo que les mueve al insulto.
Son listos que insultan obedeciendo a unos fines particulares y concretos, bien definidos, y con la esperanza -ya con la certeza, tal y como están las cosas- de que toda una legión de tontos útiles se hará eco de sus insultos y calumnias hasta que la extensión de la mentira sea tal que haga pasar a ésta por verdad. Para eso sirven los tontos útiles a esos listos que para la sociedad no son sólo inútiles -pues nada constructivo aportan- sino también nocivos -que todo lo que pueden aportar son daños y perjuicios-. Pero aún así, y en nombre de la verdadera libertad -y no de ésa que ellos dicen representar en exclusiva, pura pantomima-, soportamos estoicamente sus desvaríos, tan inútiles como ellos mismos.
Y es que, en resumen, a los listos inútiles sólo les hacen caso sus tontos útiles. Y a éstos nadie más, excepto otros tontos como ellos. Y entre listos y tontos, por muchos que sean, sólo resulta una inmensa inutilidad. Un enorme desperdicio de tiempo y esfuerzo al que quieren hacer pasar por esencia de la libertad. Si serán tontos...
Y sí, tonto puede ser un insulto. Pero comparado con las barbaridades que ellos nos regalan más parece hasta un piropo.
La imagen es de Jay Wilson.

Las cosas "no" son así

Nunca me acostumbraré a eso, que debemos escuchar tan a menudo, de que "es que esto es así". Normalmente, lo que esa conformista expresión viene a decir es que eso, lo que "es así", está mal, que debiera ser de otra manera. Pero a nadie o a casi nadie, ya sea conservador o progresista, tradicionalista o posmoderno, rico o pobre, listo o tonto, se le ocurre decir que no, que eso no es asi, que hay que cambiarlo, que por ahí no pasa. No, no lo decimos.
El porqué es bien sencillo. A menudo, el tragar con lo que no es como debiera ser supone sólo un peaje obligado en algo que va a reportarnos un beneficio, sea éste del origen que sea. Y ante esto no hay ideologías ni principios que valgan, por más que andemos proclamando siempre a los cuatro vientos la solidez de nuestras creencias y la nobleza de nuestros empeños. Si para sacar una tajada del puchero hemos de quemarnos los dedos por necesidad, antes abrasárnoslos que quedarnos sin comer. Esta es la máxima.
Lo curioso, lo más curioso, es que después criticamos lo que aceptamos como bueno sin rechistar aún a sabiendas de que es malo, como si el reconocimiento de esa maldad, implícito en nuestra crítica, nos restara culpa. Decimos que las cosas son asi con expresión fatalista, como si no tuvieran remedio y el tener que sufrirlas fuera una especie de destino providencial que nos viniera impuesto desde un poder abstracto e indefinido, una suerte de divinidad laica a cuyo capricho hubiéramos de abandonarnos.
Pues no, las cosas "no" son así. No siempre, al menos. Y cuando no lo son hay que cambiarlas, aunque en ello nos juguemos nuestro beneficio. Si no, mejor sería que en lugar de urnas y debates, críticas y manifestaciones, nos dedicáramos a encender velas rogando a ese indeterminado dios laico que todo parece proveer y tan acobardados nos mantiene.
¿O acaso será todo, tan sólo, pura hipocresía?

¿Estamos preparados para una crisis del petróleo?

En Estados Unidos ya hay quien se lo pregunta y SustainLane ha elaborado un ranking de grandes ciudades de aquel país según su capacidad para afrontar una eventual crisis petrolífera. 50 urbes, desde las mejor preparadas, con Nueva York a la cabeza, hasta las más vulnerables, con Oklahoma City cerrando la lista.
Para elaborar ese ranking se han tenido en cuenta datos como los hábitos en los desplazamientos desde el hogar al centro de trabajo, los sistemas de transporte público, los niveles de congestión del tráfico, la extensión de las ciudades o los recursos de producción alimentaria locales.