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Terra
La Coctelera

Categoría: Pensamientos

La cita que no recordaba

No la recordaba porque no soy de los que recuerdan las citas al pie de la letra -tengo un amigo que más que leer los libros creo que se los estudia y siempre tiene una cita literal a mano-, ni sé ya a cuento de qué la mencioné. Y ni siquiera en qué momento de aquel fantástico fin de semana cacereño del e-Findex lo hice ni quiénes andábamos en conversación -aunque me suena que el amiguete Guadián estaba por allí-.
Eso sí, no me había olvidado de que la cita era de Miguel de Unamuno ni, por supuesto, del trasfondo que encierra.
Y hoy me la he vuelto a encontrar:

Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que, sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos.

El arte de vivir

En la imagen, las filas de carros vacíos aguardan a los compradores. Llenarlos es la clave de la felicidad para muchos de ellos, que quizá, como apunta Julián Marías en "La felicidad humana", hayan reducido ese concepto, el de felicidad, al del simple bienestar. O, dicho de otra forma, confunden el ser felices con el tener algunas cosas que nos ayudan a estar bien, a sentirnos bien, y que, por consiguiente, facilitan también nuestra felicidad.
Pero esas cosas, las que nos proporcionan bienestar, "no son" la felicidad. La felicidad no consiste simplemente en estar bien en situaciones o momentos puntuales -cuando degusto un carísimo vino o conduzco mi flamante deportivo, por ejemplo-, sino en estar haciendo algo que llena la vida.
Un apagón de luz puede hacer que nos sintamos mal, que no tengamos bienestar. La falta de energía eléctrica nos puede impedir realizar algunos cosas -leer un libro, ver la televisión, conservar fríos los alimentos...-, pero sería ridículo decir que la felicidad consiste en la electricidad. La humanidad ha vivido sin ella casi toda su historia sin que eso implicara su necesaria infelicidad.
Y además, vistas así las cosas, los hombres de hoy no seríamos sino un atajo de pobres infelices, pues sabemos ya que los que nos sucedan gozarán, en buena lógica, de un mayor bienestar que nosotros. Con un concepto de la felicidad como algo tangible, posible, realizable, la certeza de nuestras limitaciones, el sabernos imposibilitados para acceder a ciertos niveles de bienestar, debería bastar para sumirnos en la más profunda de las desesperanzas.
Sin embargo, con esa cultura del bienestar como sinónimo de la felicidad ha llegado también un nuevo hombre, ése que Enrique Rojas denominó "el hombre light". Un hombre superficial, pragmático, trivial, frívolo, cuyos pilares son el hedonismo y la permisividad, de los que se derivan el consumismo y el relativismo que imperan en la sociedad postmoderna actual.
Un hombre que se preocupa, ante todo, de sí mismo, y cuya principal meta en la vida es poseer todas esas cosas que le procuren su bienestar-felicidad al tiempo que le permiten distinguirse de los otros. Un hombre, en suma, con mucha fachada y escaso fondo. El perfecto consumidor que, como escribe Paul Schmelzer, ha sido entrenado para la desintegración, para responder a esa fragmentación, personal y social, que fomenta la publicidad.
Nada es ya para el hombre como ser humano total, sino para este o aquel de sus aspectos particulares. Pero parece que satisfaciendo a una parte hubiéramos colmado de satisfacción al todo. Nadie puede alcanzar la felicidad, en toda su plenitud, adquiriendo determinado modelo de automóvil. Pero la publicidad nos dirá que sí, y nos lo creéremos. Y compraremos ese coche para mayor complacencia de nuestro idolatrado ego y, de paso, para ser más -para tener más fachada- que el vecino. ¿Se puede desear más felicidad que ésa?
Un síntoma inequívoco de que nos hemos convertido en esos nuevos hombres seducidos por la cultura del bienestar es la impaciencia. Ya no sabemos esperar. O no queremos hacerlo. Queremos las cosas y las queremos ya, al momento, sin más espera. Sin embargo, la espera es un ingrediente decisivo de la vida, que podemos ver en el labrador que aguarda al momento de la cosecha o la madre que durante el estado de gestación espera el día del nacimiento de su hijo. Esperas que lo son también de la felicidad.
Con este panorama a nuestro alrededor, se puede decir que vivir, en el sentido más profundo del término, es hoy en día todo un arte. Y no siempre, aunque se quiera, podemos ser artistas de la vida.
Aunque se seguirá intentando. Vive la résistance!

Paz

Sobre un cartel de Social Design Notes.

¿Ira? No, gracias

No hace mucho dejaba Pat en su Motivando -en el que no escribe tan a menudo como a algunos nos gustaría- una pequeña historia, de ésas con moraleja, en la que un profesor hace oídos sordos a los insultos de un alumno. Cuando éste le insulta, le explica el profesor, le está ofreciendo rabia y desprecio, un regalo que el hombre prefiere no aceptar. No necesita eso.
Como toda historia con moraleja plantea una situación ideal, algo irreal, la del hombre decidiendo libremente entre conservar su serenidad o responder con su ira a la rabia que el otro le lanza. En la vida real, no siempre encontramos el tiempo para reflexionar acerca de cual sería la respuesta más sabia o más prudente cuando nos sentimos atacados. Y defendernos, lo que según la historia supondría aceptar esa ira que nos regalan, suele ser la opción primaria. La opción más humana.
Pero hay una variante que la historia no contempla. Esos casos en que la ira se lanza con una segunda intención, oculta tras el insulto, la afrenta, la descalificación. Los casos en que la ofensa sólo es apariencia y lo que realmente se busca es la provocación. Cuando se regala ira para que el otro la acepte, para que devuelva también ira.
Desgraciadamente, esto es muy común. Forma parte de las estrategias de políticos o deportistas, por poner sólo dos ejemplos evidentes. Y lo aceptamos ya como algo normal, lícito incluso, llegando al aberrante límite de apaludir al provocador si goza de nuestras simpatías y consigue el objetivo de sacar de sus casillas a quien insulte.
Por eso, por esa falta de buen juicio que padecemos ya de forma crónica, podemos llegar a ponernos del lado del embustero declarado que aún se atreve a acusar a otro de mentiroso, del chismoso profesional que de casi todos tiene algo que descubrirnos o del incompetente probado que se apresura a difundir la incompetencia de quien le sucede.
Si nos paráramos a pensar un poco, comprenderíamos que quien utiliza esa estrategia de la provocación para buscar la ira del otro, para que éste se descalifique a sí mismo, no lo haría si tuviera razones que apoyaran sus argumentos. Es precisamente esa falta de razones la que le deja la provocación como única salida, como estrategia desesperada para conseguir por las malas lo que por las buenas sabe que nunca lograría.
Caer en la trampa de su provocación, de su estrategia engañabobos, no es por tanto lo más inteligente. Como tampoco lo es mucho ponerse de su lado, defender sus artimañas, a no ser que se sea cómplice de ellas. De no ser éste el caso, lo mejor es desconfíar por sistema de quienes sólo ofrecen ira.
Y si acaso nos la ofrecen directamente basta con decir, como el profesor de la historia, "no, gracias".

Fanatismos

Han hecho falta unas caricaturas del Profeta para que el neoconservadurismo más fanático concilie objetivos con el común de los mortales que se declaran demócratas sin darle un sentido caricaturesco a la noción de democracia. Todos estamos ahora por la defensa de la libertad de expresión. Eso nos une.
Pero, si bien los que creemos en la democracia para todos y no sólo para los de nuestra raza, credo u opinión andamos discutiendo si las famosas caricaturas son libre ironía o insulto, los que entienden la democracia como la preponderancia de sus ideas (por llamarles algo) lo tienen muy claro. Una de sus gurús, Ann Coulter, lo ha expresado sin tapujos en otra de sus célebres "lindezas" neoconservadoras:

"One [cartoon] showed Muhammad turning away suicide bombers from the gates of heaven, saying "Stop, stop -we ran out of virgins!-" which I believe was a commentary on Muslims' predilection for violence. Another was a cartoon of Muhammad with horns, which I believe was a commentary on Muslims' predilection for violence. The third showed Muhammad with a turban in the shape of a bomb, which I believe was an expression of post-industrial ennui in a secular... oops, no, wait: It was more of a commentary on Muslims' predilection for violence... Muslims are the only people who make feminists seem laid-back."

Sí, quien ya dijo tras los atentados del 11S aquello de que había que "invadir sus países, asesinar a sus líderes y convertirlos al cristianismo" con la misma falta de escrúpulos con que se bombardearon ciudades o se asesinaron civiles en la Alemania nazi ("That's war. And this is war." -Coulter dixit), aprovecha el asunto de las caricaturas para ironizar sobre el natural violento de los musulmanes. En suma, para seguir con ese discurso racista, y por tanto irracional, que la caracteriza.
Un discurso al que no faltan defensores, propios y extraños. Como se puede ver, no hace falta irse al Oriente para encontrar fanáticos redomados. Los tenemos bien cerquita.
Lo de que "los musulmanes son los únicos que hacen parecer buenas a las feministas" se lo dejo a mis amigas. Yo por hoy ya he tenido bastante ración de fanatismo.

Mi amor por Kahlo

Bueno, no es un amor al uso. Nos separan edades, circunstancias, razones... Pero llegó un buen día, apareció, en un blog que no es este pero es mío. Y me hizo sentirme diferente, capaz de imaginar que en cada post, en cada referencia a otros lugares, hay algo entre la magia y la bondad, entre el ser por estar y el no estar solo.
No es esto un homenaje, que también, sino expresión del lujo que supone saber que ella es mi amiga en la distancia.
Ahora que el mundo quiere estar más loco, yo te celebro, Marta, amiga mía. Que al despertar tus sueños nos recojan, que tu pureza inunde nuestros días.
Que si hay arte, eres tú. Las otras cosas, sólo un permanecer que llaman vida.
P.D.: El libro de Woody Allen sigue encerradito en su plástico protector. O vienes a por él o me das una dirección y te lo mando.

Mahoma y la caricatura de la libertad

De un tiempo a esta parte, cada vez que la libertad de expresión se esgrime como principal valedora de cualquier proceder podemos echarnos a temblar sin riesgo de que nuestros temores sean infundados o desproporcionados. En su nombre se insulta con descaro y desparpajo, se comprometen las relaciones entre países, se defienden abiertamente totalitarismos que exigen el exterminio racial o se promueven campañas pro referendum que lo que buscan, precisamente, es acallar la voz de los demócratas, ya expresada a través de sus representantes en un parlamento.
Aún así, sigue siendo intocable, incuestionable. La defendemos con la misma cerrazón con que se defiende un principio religioso proclamado inalterable. Es uno de nuestros dogmas sagrados, fundamento de esa fe (que no todos los credos necesitan para serlo deidades de esencia espiritual) cuya manifestación visible llamamos democracia y de la que, aun sin querer reconocerlo, somos devotos fieles y acríticos.
No hay más razón en quienes decidieran publicar esas caricaturas de Mahoma que en aquellos que para responder a la ofensa piensan en echar mano a su fusil. Ni hay libertad, principio ni derecho que legitimen la ofensa consciente y gratuita. Quizá de tanto revestirnos de grandeza, la de nuestros supuestos valores democráticos, estemos olvidando lo esencial, dónde empieza y termina nuestra libertad, la de cada uno de nosotros como individuos, y que ésta no existe sin el respeto al otro.
La libertad irresponsable no es tal libertad, sino sólo una excusa para la barbarie, un salvoconducto para que el odio y la infamia se expresen sin tapujos, cobijados por nuestro temor a llamarlos por su nombre e identificarlos como tales. Pero no aprenderemos, y por miedo a que digan que no somos lo que tanto nos preocupa aparentar, seguiremos dejando que la libertad, la verdadera, siga siendo pisoteada por esa caricatura de libertad con que lo justificamos casi todo.
Si esa libertad de expresión que tantas bocas llena es aquella que arropa a quien ofende a los otros sin causa ni sentido, no puede ser la mía. La libertad de expresión en la que yo creo, en la que siempre he creído, sirve para crear convivencia, no para destruirla, para que cada cual sea libre de ser él mismo sin negar la existencia ni el derecho a ser del otro.
No puedo evitar pensar en lo graciosas que deben haber parecido las caricaturas de Mahoma a esos que últimamente se dedican a difamar impunemente a nuestro amigo Mokhtar Atitar de la Fuente.
Que duerman tranquilos. Nuestra sacrosanta libertad de expresión protege su odio y su vileza.

Al mal tiempo buena cara

Reflexiona Álvaro en un post de hoy mismo acerca de la soledad y la conveniencia de asumirla sin dramatismos, de enfrentarnos a ella desde la aceptación de nosotros mismos, entendiéndola como una condición que acompaña a nuestro existir de manera irremediable, sin que nada podamos hacer cuando irrumpe en nuestras vidas para instalarse en ellas sin habernos pedido permiso ni parecer.
Casi estoy por darle la razón, pues ante la soledad impuesta, que la voluntaria suele ser Gloria en la Tierra, a menudo tendemos a teñir artificialmente de negro todo lo que intenta vislumbrar nuestro entendimiento, y la razón se desacomoda y pugna por abandonarnos a la vista del poco caso que le hacemos.
Son momentos en los que cualquier posible remedio para esa situación es bien recibido:

"Por mi parte creo en el amor y en la posibilidad de encontrar una persona con la cual convivir serenamente. Pero cuando se fracasa en ese propósito no creo que deba uno dejarse llevar por la desilusión, sino por una mejor comprensión por la otredad de los demás y las limitaciones de uno mismo. Es allí donde he ido descubriendo el valor de la autoironía.
Porque nos ilusionamos mucho y eso también es parte de nuestra condición humana. Lo duro es que muchas veces las ilusiones traen consecuencias funestas y dolor. Pero con el tiempo uno descubre que la situación es cómica también. Entonces hay que reirse con la parte cómica del asunto.
En suma y como no podemos dejar de ilusionarnos, lo mejor es disfrutar las ilusiones cuando nos brindan consuelo y, por medio de la autoironía, conjurar el dolor cuando se convierten en desilusiones dejandonos solos y a veces desnudos y frágiles."

No es siempre tarea tan sencilla, no obstante, mantener la serenidad y el raciocinio necesarios para no dejarnos seducir por el desánimo cuando la soledad nos abraza firmemente, sin intención de soltarnos. Su abrazo nunca puede reemplazar a aquel otro que su presencia nos recuerda constantemente como ya definitivamente perdido.
Y nuestro pensamiento, aún fortificado tras la ironía, suele tener querencia a aquellos momentos mejores que ya no volverán.
Un aviso en este punto para esos amables amigos y lectores que cada vez que toco estos temas del sentir acuden solícitos a ofrecerme consuelo y apoyo: estoy magnificamente bien. Palabrita del Niño Jesús. ;)
Y una recomendación sincera. No dejen de visitar Ojo al Texto. Es uno de esos blogs que felizmente nos recuerdan que en la Tierra aún existe vida inteligente y emocional en grado positivo. Así, las dos juntitas y bien avenidas, algo que cada vez va siendo más raro de encontrar.