En la imagen, las filas de carros vacíos aguardan a los compradores. Llenarlos es la clave de la felicidad para muchos de ellos, que quizá, como apunta Julián Marías en "La felicidad humana", hayan reducido ese concepto, el de felicidad, al del simple bienestar. O, dicho de otra forma, confunden el ser felices con el tener algunas cosas que nos ayudan a estar bien, a sentirnos bien, y que, por consiguiente, facilitan también nuestra felicidad.
Pero esas cosas, las que nos proporcionan bienestar, "no son" la felicidad. La felicidad no consiste simplemente en estar bien en situaciones o momentos puntuales -cuando degusto un carísimo vino o conduzco mi flamante deportivo, por ejemplo-, sino en estar haciendo algo que llena la vida.
Un apagón de luz puede hacer que nos sintamos mal, que no tengamos bienestar. La falta de energía eléctrica nos puede impedir realizar algunos cosas -leer un libro, ver la televisión, conservar fríos los alimentos...-, pero sería ridículo decir que la felicidad consiste en la electricidad. La humanidad ha vivido sin ella casi toda su historia sin que eso implicara su necesaria infelicidad.
Y además, vistas así las cosas, los hombres de hoy no seríamos sino un atajo de pobres infelices, pues sabemos ya que los que nos sucedan gozarán, en buena lógica, de un mayor bienestar que nosotros. Con un concepto de la felicidad como algo tangible, posible, realizable, la certeza de nuestras limitaciones, el sabernos imposibilitados para acceder a ciertos niveles de bienestar, debería bastar para sumirnos en la más profunda de las desesperanzas.
Sin embargo, con esa cultura del bienestar como sinónimo de la felicidad ha llegado también un nuevo hombre, ése que Enrique Rojas denominó "el hombre light". Un hombre superficial, pragmático, trivial, frívolo, cuyos pilares son el hedonismo y la permisividad, de los que se derivan el consumismo y el relativismo que imperan en la sociedad postmoderna actual.
Un hombre que se preocupa, ante todo, de sí mismo, y cuya principal meta en la vida es poseer todas esas cosas que le procuren su bienestar-felicidad al tiempo que le permiten distinguirse de los otros. Un hombre, en suma, con mucha fachada y escaso fondo. El perfecto consumidor que, como escribe Paul Schmelzer, ha sido entrenado para la desintegración, para responder a esa fragmentación, personal y social, que fomenta la publicidad.
Nada es ya para el hombre como ser humano total, sino para este o aquel de sus aspectos particulares. Pero parece que satisfaciendo a una parte hubiéramos colmado de satisfacción al todo. Nadie puede alcanzar la felicidad, en toda su plenitud, adquiriendo determinado modelo de automóvil. Pero la publicidad nos dirá que sí, y nos lo creéremos. Y compraremos ese coche para mayor complacencia de nuestro idolatrado ego y, de paso, para ser más -para tener más fachada- que el vecino. ¿Se puede desear más felicidad que ésa?
Un síntoma inequívoco de que nos hemos convertido en esos nuevos hombres seducidos por la cultura del bienestar es la impaciencia. Ya no sabemos esperar. O no queremos hacerlo. Queremos las cosas y las queremos ya, al momento, sin más espera. Sin embargo, la espera es un ingrediente decisivo de la vida, que podemos ver en el labrador que aguarda al momento de la cosecha o la madre que durante el estado de gestación espera el día del nacimiento de su hijo. Esperas que lo son también de la felicidad.
Con este panorama a nuestro alrededor, se puede decir que vivir, en el sentido más profundo del término, es hoy en día todo un arte. Y no siempre, aunque se quiera, podemos ser artistas de la vida.
Aunque se seguirá intentando. Vive la résistance!