A eso lleva días diciendo la princesa que jugamos. Y como lo mismo me habla en inglés que en español, en árabe o en hindú, miedo me daba preguntar qué me estaba llamando. Porque la princesa, además de defeña y políglota, tiene su guasa, y cuando quiere quedarse conmigo echa mano de "palabros" para vacilarme cuando, ingenuo de mí, me atrevo a preguntarle qué me está diciendo.
Fuera ya de bromas (o de venganzas, que ahora ya sabe todo el mundo que la princesa se ríe de mí inmisericordemente), el sentido de lo del chat tag estaba claro. No coincidíamos en el messenger ni por casualidad. Vamos, ni quedando. Y nuestra comunicación consistía en mensajes que siempre comenzaban con frases del tipo "me acababa de bajar a cenar cuando me has hablado" o "si me hablas dos minutos antes me habrías pillado conectado".
El caso es que no había manera de coincidir, y la princesa comenzó a decir que parecía que estábamos rn un continuo "playing chat tag". Hasta que empezamos a coincidir y la sombra de esa cosa, lo que fuera, desapareció. Y hablamos, coordinados, coincidentes, durante días. Y el "coso" ese ya ni lo nombrábamos.
Pero hace un par de días volvimos a descoordinarnos, y cuando por fin hablamos pregunté por el chat tag de nuevo. «¿Tiene traducción?», le dije. Y me habló de un juego de niños, el tag, donde si te pillan te dicen "you are it". Algo como el "rescate" de aquí, por lo que pude entender.
Comprendí la relación. Nuestros mensajes parecían jugar a pillarse sin llegar a encontrarse nunca. Y cada mensaje de respuesta era como decírle al otro "tú la llevas ahora, es tu turno". Tenía sentido.
Y pensando después, tranquilamente, llegué a la conclusión de que ese sentido era más profundo de lo que aparentaba ser. Tenía ver con nuestra relación personal, con lo que ha quedado de ella. Y funcionaba. Funciona.
Por eso quiero recomendarlo aquí para exnovios y exnovias que no quieran perder la relación amistosa con sus ex. Hagan chat tag, jueguen al chat tag. Entre otras cosas, permite redactar con tiempo lo que se quiere decir, pensar antes de escribir.
Y te deja tiempo para morderte los labios hasta sangrar antes de decirle a la otra persona que la sigues amando.
servido por Jacinto
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Esta mañana no he necesitado oír el pitido del despertador. Una servicial mosca se ha encargado de avisarme, posándose repetidamente sobre mi cara y regalando a mis oídos su molesto zumbido, de que ya era un buen momento para comenzar el día. Imagino que el insecto no era consciente del mal talante que puede provocar en un humano el ser despertado de manera tan brusca e inesperada. Ninguna mosca debe de serlo. Pero a ésta en concreto, hoy, esa ignorancia le ha costado la vida.
No es que me divierta matar moscas. Muy al contrario, siempre intento ofrecerles una vía de escape, una alternativa a ese último vuelo que realizan antes de reposar inertes tras la certera sacudida del matamoscas. Esa alternativa suele consistir en dejarlas escapar por la ventana, subir la persiana para que se sientan atraídas por la luz y se posen en la mosquitera. Y entonces correr despacio ésta permitiéndoles que salgan al exterior.
Esto funciona en gran parte de los casos, lo que supone un alivio para mí, pues me evito ese regusto amargo que deja el haber acabado con un ser vivo. Pero no siempre, y a veces me veo conminando de viva voz a la mosca de turno, intentando convencerla de que huya y no me obligue a blandir el letal matamoscas:
— Mira, hermosa, haz el favor de irte de una vez, que me estás sacando ya de quicio. Que es que si no vas a morir. ¿Lo entiendes o no?
Muchas no quieren entenderlo y, por mucho que me pese, no me dejan más opción que sacrificarlas. Y es que las moscas consiguen enervarme hasta rozar la histeria. Se posan en mis brazos, en mis piernas, y todo me empieza a picar. Revolotean a mi alrededor, parándose en la pantalla, en el teclado, en los papeles que descansan sobre el atril, en la mesa, y me entran ganas de lanzar un grito de guerra al tiempo que salgo en su persecución con el único afán de exterminarlas.
Hoy ha sido un día particularmente duro en mi interminable batalla contra las moscas. Ayer estuvimos pintando las paredes de algunas habitaciones y las ventanas y puertas al exterior permanecieron abiertas más de lo habitual. Eso y la natural búsqueda de cobijo de las moscas en días como el de ayer, frescos y tormentosos, debieron propiciar que muchas de ellas se colaran en la casa. Aunque anoche, después de cenar, mientras veía el comienzo de la nueva temporada de 24, no advertí su presencia. Ni tampoco después, antes de acostarme, cuando revisaba el correo en el ordenador a la par que escuchaba las ocurrencias de Buenafuente.
Pero estaban. No sé si aletargadas o maquinando el plan de ataque para hoy, pero el ejército de moscas que me viene asaltando desde que me levanté se debía ocultar en algún rincón de la casa a la espera del nuevo día. Porque la que tan abruptamente me ha despertado sólo era una avanzadilla, algo así como la mosca exploradora que debe haber alertado a las demás de mi presencia. Y, poco a poco, el resto ha ido apareciendo durante la mañana desde que me senté frente al ordenador.
Nunca en número menor de dos, a veces más, adoptaban como base de lanzamiento una mesa cercana, y desde allí realizaban regulares pasadas intimidatorias por delante de mis narices para regresar después a esa mesa base. Unas pocas, las más sensatas, han aceptado salir al jardín a través de la ventana abierta que yo les ofrecía. Pero la mayoría, quizá envalentonadas por su disposición en escuadrillas y el número total de sus efectivos, han optado por insistir en su vuelo agresor y han terminado feneciendo en la misma mesa desde la que lanzaban sus ataques. Más de una docena, aunque no he llevado la cuenta precisa de las víctimas, han caído ahí bajo el latigazo del matamoscas.
Alguna que otra se sigue aún pasando por aquí de rato en rato, pero desaperecen rápidamente tras la primera incursión. Quizá adviertan, olfateen, el peligro que corren en este campo de batalla y decidan que no es hoy el mejor día para perder la vida.
Mejor así. Yo tampoco tengo ningún interés en arrebatársela.
servido por Jacinto
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